martes, 22 de agosto de 2017

Lluviosos 70

Pirucha. La primera vez

Las medianeras de nuestras casas conurbanas eran finitas, excusas divisorias de intimidades, no eran esas fortificaciones alambradas o electrificadas de hoy, altas hasta tapar el sol. En los primeros 70 los miedos eran otros, pero yo no lo sabía.

Pirucha era la hermana menor de la casa, de edad indefinida y maquillaje exagerado, ser la menor en un hogar de mujeres solteras necesariamente tenía que ser remarcado, subrayado, y el trabajo afuera en un puesto en la municipalidad de Lanús, la ropa llamativa y los maquillajes extremos hacían de remarcador.

Para un barrio suburbano, el estatus de mina trabajadora, entreverada con políticos y asuntos de municipio, habilitaba la charla cómplice con los hombres de la cuadra. Mi papá por caso.

Cuando mi estatura me lo permitió, a muy temprana edad, pude divisar y memorizar el patio de Pirucha.

Justo la del lado de “las chicas” quedaba pegada a la escalera que nos llevaba a la terraza, y las terrazas son territorios a descubrir para cualquier niño conurbano.

Más en verano, cuando la pileta de lona erigida en lo más alto, se convertía en la escenografía para la charla con vecinos, mate y manguera, y palabras que no entendía. Confidencias imaginaba de trampas, amoríos, deudas y enfermedades terminales, cosas vedadas a los oídos de un niño.

Reemplazos por vocablos que de tan musicales, se hacían familiares, con lo que no costaba demasiado llegar al fondo de la cuestión. “el que te jedi” o “estoy con eso” en tono de confesión, fueron los primeros que descubrí, aunque sin posibilidad de chequeo. Haberlo hecho hubiera significado mi alejamiento de la periferia de las charlas.

Como sea, en el camino a la terraza siempre me detenía a examinar el patio de al lado. Mentón en el borde de la medianera, sobre los brazos cruzados codos para afuera, miraba las puertas de las habitaciones que saban a la galería, las baldosas, los canteros, la medianera del otro lado que era un alambre con ligustrina, las macetas de esas con patas y rayadas, rebosantes de colores, la manguera siempre en un lugar distinto, los sillones de metal tejido.

Años después reconocí ese patio en mil escneografías costumbristas, conventillos, casas de familias numerosas, patios en los que pasaban cosas.

Pero en el patio de Pirucha y sus hermanas había silencio.

Rara vez pasaba algo.

Ni gatos, ni perros, ni chicos.

Colores que se apagaban a medida que mis subidas se hicieron menos frecuentes.

Solo los sábados, bien temprano, hubiera sol o lluvia furiosa, sonaba música.

Siempre la misma música.
Potente, con un sonido que no era nada frecuente, como con cuerpo, los bajos remarcados y una espesura que no sabía ni distinguir ni nombrar.

No había azar en la elección. Siempre, todos los sábados, sonaba la misma música encadenada con la misma frecuencia: El Firulete, Reciedumbre y Ternura y el Varón del Tango.

Sonaba un voz potente, que mi viejo denostaba por televisiva, pero que inundaba toda la cuadra de meoldía.

Me gustaba ese sonido.

Con los años, no ese que cantaba ese señor precisamente, pero si el tango como género se convirtiría en una música especial para mí.

La repetición, descubrí con el tiempo, era una ceremonia.

Entre quetejedis y mevinoeso, un día escuché que ese señor que desde un sonido pegadizo decía:

“Tu luz de verano me soñó en otoño
y yo te agradezco la felicidad.
No puedo engañarte, mi adiós es sincero,
tu estás en Enero, mi Abril ya se va.”

Era uruguayo (solo un apodo para mí), se llamaba Julio Sosa, y había sido novio de Pirucha.

No entendía por entonces de desamores ni de extrañar, yo tenía a todos los que quería cerca. Me inquietaba ese ritual puntual, después entendí, la ceremonia, de su evocación semanal, con nada menos que esa voz cantandole al oído como seguro alguna vez lo hizo.

No tuve que preguntar, y estoy seguro que sin que se lo propusieran, cuando adivino que pregunté por qué el que cantaba no venía a verla, recibí por respuesta que se había muerto. Que se estrelló con un auto en la ruta, y era una muerte trágica.

Muerte y trágica, irían de la mano siempre.

Ese verano de quizá 1972, fue la primera vez que la muerte se reveló acompañada de música, de vacío y de tristeza.

La nena del baldío

Al lado de esa casa de mi segunda niñez había un baldío.

Hoy son difíciles de encontrar, los barrios se poblaron de casas apretadas, pero en esos primeros años 70 todavía se encontraban frentes alambrados (no se sospechaba que alguien pudiera intrusarlos) con árboles frutales y hasta huertas, verdaderas usinas comunitarias mantenidas por algún jubilado italiano de manos laboriosas y paciencia campesina.

Eran mundos prohibidos, situaciones límite, universos complejos de geografías de aventura, pero repletos de sombras y aristas y rugosidades no adecuadas para manos de niño, tersas e inmaculadas.
Era tácito lo de no poder saltar el alambre.

Nadie lo hacía.

Se respetaban algunos límites aunque no estuvieran vinculados a sanciones precisas. No había necesidad de prohibir ver el Zorro o el Santo para saber que no debía cruzarse esa barrera.

Si se podía disfrutar de el fruto de esas plantas, cuando el gallego Javier, el tano Dimunno o Culo de Goma (que eran más grandes) cruzaban y venían con una bolsa de ciruelas o granadas. Y el festín era dulce, y no había represalias. Era en definitiva el fruto de la tierra en medio del barrio.

Una de esas tardes de escuchar a escondidas conversaciones de los mayores en la vereda, con los ojos puestos en los autitos y sus destrezas en el piso del patio y los oídos en la conversación de la puerta, escuché por primera vez lo de la nena que encontraron en un terreno.

Era todo muy impreciso, el relato, las voces que llegaban extrañas, supongo que por la conmoción. No había manera de reemplazar palabras, todas eran feroces y complejas. Alcancé a entender que varios días sin aparecer, que un vestido blanco, que un juguete, que un degenerado, que un perro y un baldío.

Del susto dejé los autitos. Se me aceleró el pulso de manera que no pude seguir con la carrera. ¿Sería mi baldío? ¿En el que había estado tantas tardes a escondidas? ¿Era el mismo viejo gritón que venía desde la otra cuadra con sus empecinados baldes a regar los tomates? El que dejaba rastros de gotitas con su paso arrastrado, el que fumaba unos toscanos horribles y nunca miraba para arriba. ¿Sería ese al que llamaban así, degenerado? Yo no sabía mucho qué quería decir, pero lo imaginaba malo. Cualquier cosa relacionaba con algo malo cuando se trataba de una nena, de mi edad, seguro.

En las siestas y sobre todo a la noche, cerraba los ojos con toda la fuerza que podía para sacar el recuerdo.

Por las dudas no volví por mucho tiempo al baldío, ni comí las ciruelas.

Unos años después, pocos, ví la foto y el titular de La Razón con el relato de lo que había pasado.

Lo ví sobre una mesa y tuve que hacer un esfuerzo para recordar lo que decía, lo sacaron rápido de mi vista.

Nunca supe si era mi baldío.

Si supe, que había sido unos años antes, digamos, 1969.

El diario

Con solo 4 canales de TV que empezaban tarde y siempre tenían problemas con la antena y el sintonizador, los muebles que contenían las teles eran monumentales.

Verdaderos amos de los espacios.

Colosos erigidos en esquinas estratégicas de las casas, congregadores de familias y amigos, invasores amistosos del futuro.

Todo era complejo, la antena, los sintonizadores, los estabilizadores. Máquinas infernales que con perillas enormes y mecánicas que al encenderse emitían un subsonido propio de naves espaciales, al que uno se acostumbraba a los pocos minutos, pero que permanecía allí, una escala más abajo, como un semitono, algo molesto pero necesario.

El momento era a la noche. Los acontecimientos, alguna novela, las series americanas y Narciso Ibáñez Menta, o las de Peter Cushing y Christopher Lee.

Unos chocolates, unos tostados o lo que sea que no haga migas para no arruinar el piso, todo servía para ceder al magnetismo de esas historias clásicas, vistas en tonos de grises y con invisibles saltos de pantalla y ondas como del más allá.

Llegaban las historias, estaban los noticieros, pero las noticias de verdad, de las que se hablaba todo el día, venían en el diario.

Y nosotros teníamos un diariero jorobado.

No jorobado por malo o complicado, jorobado literal, con joroba en la espalda.

Lo veía a veces llegar a la noche con su bicicleta, llueva o truene, nunca supe de donde, puntual con la 5ta y a veces la 6ta edicion de La Razón y Crónica.

Papá alguna vez le habría dicho que trabajaba en algo vinculado a los diarios, no imagino qué, y a partir de ese día se transformó en colega, en uno de los nuestros, y recibió toda la vida el diario gratis.

En un quinta edición, una noche cuando buscaba las historietas de la página de atrás (“el detalle que faltaba” era la que más me gustaba) ví la historia de la chica del baldío. Todavía recuerdo la foto.

Algo en el aire

Los años que precedieron (no se si fueron años) al día de los cortinados pesados y la semana sin clases los recuerdo siempre lluviosos.

Fríos y lluviosos, como si se hubieran robado el sol.

O se hubiera escondido.

No sabía qué era lo que estaba pasando, pero había más murmullos que de costumbre y más palabras entredichas.

Nombres que recuerdo no me habían sonado nunca y alguna noche de tensión al lado de la radio.

No era tan complejo como para clausurar las tardes, eso seguro, porque seguí pedaleando cuando volvía del colegio (era de los pocos del barrio que iba más o menos regularmente).

Las rutinas incluían el almuerzo con los Tres Chiflados de invitados, un rato de siesta, la tarea y la salida de la casa en busca de la calle.

Todos eran más grande que yo, y me daba vergüenza el uniforme. Me costaba esa diferencia que yo no había decidido, así que me las tenía que arreglar para no ser tan raro en ese ambiente.

Aprendí a escupir, aprendí las palabras que abren todas las puertas y las fantasías, y me asomé a ese mundo hecho de delitos menores, pitadas que nunca dí, robo de cosas del kiosko, o los yogures siguiendo al reparto y la entrada libre a la cancha de los sábados.

Las escapadas se hacían travesías cuando se podía ir en bicicleta, quiero decir, se expandían. Me dejaba llevar por esa libertad. No sabia ni por donde estaba, y aunque no podía asegurar que no me dejarían atrás, una mezcla de pedaleo intenso para seguirlos de cerca y latidos más ascelerados me tenían en pelotón de manera permanente.

Paraba adonde decidían parar y metía velocidad cuando alguno lo hacía, no iba adelante, no iba demasiado atrás, estaba en el lugar que tenía que estar en esos días de 1974.

Las geografías no variaban mucho, algún chalet desmesurado en medio de las casas bajas, los jardines al frente, las casas de los barrios de clase media eran reconocibles, y esmeradas.

Podría haber vivido en cualquiera de ellas, y una tarde descubrí que podrían también haber muerto en ellas.

En la esquina, no demasaido lejos de casa, tiramos las bicicletas en el pasto para meternos en la casa queso.

Ya nos habían ganado de mano pero algo quedaba.

Yo maldije que ese día fui al colegio a las 07:25, como todos los días. Si hubiese cambiado el rumbo a la casa queso me hubiera llevado más trofeos.

De todas maneras no me fue tan mal, encontré varios casquillos de balas largas en un rincón del patio.

La casa queso había sido baleada intensamente unas horas antes.

Creo que de casa se escucharon los estruendos.

Se apagaban las luces y se disimulaba con la tele alta.

Había muchas casas queso en los barrios.

Un día fuimos a una y nos enteramos por la gente que estaba en la vereda que se habían equivocado, habían transformado en casa gruyere a la casa de al lado.

Errores no forzados de la noche y los nervios, supongo, puede fallar.

De la casa queso supe poco. Una aventura. Unos trofeos que hasta hace unos años aguardaban ser liberados de su sombra, pero que nunca vieron la luz, y terminaron en una bolsa de residuos.

A pesar de que no era tan lejos, nunca jugué con los chicos que vivían en la casa queso. Pero había.
Entre las cosas, los vidrios rotos, los muebles destrozados, los panfletos, las botellas, los otros muebles apilados y los miles de agujeros, un triciclo, una pelota, un ludo matic y tres muñecas iguales se habían salvado, pero no eran trofeos.

La Mercedes

El primer año de colegio empezó bien, pero era raro.
No era raro el colegio, aprender a decir el padrenuestro, la bandera, las letras y los números que no me sorprendían. El viaje era raro.

Mamá y papá habían comprado casa cerca del colegio, pero todavía no se las habían entregado. Esos días de papeles eternos y préstamos a tasas razonables para la clase media.

La casa estaba, pero no en la fecha prevista.

Pero el colegio no esperaba, así que los primeros meses fueron de colectivo intenso.

Con uno a la mañana, con otro al mediodía, la avenida Irigoyen se insinuaba ya colmada y peligrosa. Adoquines jabonosos en esos inviernos de lluvia, y tráfico constante.

Ir del lado de la ventanilla creo que fue parte importante de mi educación en esos días.

El mundo pasaba.

Un día de ida al colegio, bien temprano, el tráfico se detuvo.

Fuimos pasando despacio, en cámara lenta.

Llovía, como siempre, y las luces de los autos hacían ese efecto en la calle que años después tanto me gustaría.

Todo era silencio cuando pasamos por la esquina de la concesionaria Mercedes Benz en Lanús.

Todo era azul y blanco, intermitente, como si hubieran preparado una pista de baile iluminada.

Pasamos muy despacio.

Soldados, policías, todos con capas de lluvia lo que los hacía parecidos, distinguibles solo entre gorras y cascos.

Mucha gente alrededor, gritos y órdenes.

Yo con mi cara muy pegada a la ventanilla lo vi y ya no pude sacar la vista de él.

En medio de la calle yacía un hombre ensangrentado. Pantalón claro y camisa blanca. Sin zapatos.

Su mueca era extraña. La boca abierta.

Estaba muerto.

Y era la primera vez que veía uno.

Así era.

Papá no me apartó la cabeza. Quizá desde su asiento del pasillo no lo veía. Quizá pensó que está bien que vea lo que estaba pasando. Quizá solo no se dio cuenta.

La primera semana de televisión infinita

Iba bien la escuela. No por la buena preparación del jardín, no había casi ido al jardín, pero fluia bien.

Habían pasado semanas de el dia de la Mercedes Benz cuando al llegar a la puerta del colegio nos enteramos de la noticia.

El Obispo había muerto.

Era ese día especial que tantas veces me serviría para mencionar aquellas cosas que rara vez suceden.

Había fallecido un hombre bueno, y como además mi colegio era parroquial, no tuve clases por una semana.

Duelo prolongado.

Para recordar al que se fue.

Para venerarlo, despedirlo, acompañarlo al último lugar.

¿Adónde iría?

¿Se reuniría con el que había visto tendido en la avenida? ¿Le daría su bendición al verlo? ¿Y la nena del baldío? ¿Y los chicos y los grandes de la casa queso?

Vi verdaderas maratones de Ladrón sin Destino y el Santo.

Los Tres Chiflados y los dibujitos.


La cureña y la segunda semana de largometrajes

Ese fin de semana estuvo raro el ambiente. Más murmullos de costumbre y más quetejedis.

Era difícil saber qué pasaba, pero se notaba en la calle, que se alborotaba por nada.

Ese lunes volví del colegio y la cosa no había cambiado mucho. Al contrario, se puso más rara.

Crucé para ir a jugar a lo de Culo de Goma y vi a dos mujeres llorando en la calle. Había más silencio que de costumbre.

Los negocios cerraron, el almacén, el quiosco.
Jugando en el patio, creo que a los indios y a los vaqueros, la mamá de Culo de Goma, que era más grande que mi mamá, pidió que nos callaramos un poco, que no podía escuchar la radio.

Casi que seguimos con los gritos y las flechas cuando subió el volumen al máximo: una señora con voz finita, extraña en su fraseo, a la que nunca había escuchado decía que estábamos “viviendo horas aciagas, y que debía comunicar al pueblo con gran dolor, el fallecimiento de un apóstol de la paz y la no violencia…”

Otro más, pensé, quizá otro Obispo.

A las horas la mejor noticia, otra vez sin colegio, otra vez una semana, con la diferencia que esta vez era en todos lados que se podía faltar, y ni los canales transmitían sus programas.

Vi por primera vez el largometraje de Batman, ese en el que están todos los villanos juntos, ví Casino Royale y todos los capítulos del Correcaminos que entraron en las horas lluviosas.

El invierno vino fuerte y con más lluvia, y entre serie y serie, ví el cajón desfilando por una avenida. Mar de gente, caballos y bandera argentina cubriéndolo.

Así que era ahí adonde los ponían.

Eso que les pasaba a otros, eso de desaparecer para siempre, de irse lejos, pero de otra manera, con la certeza de no volver, ese lugar que imaginaba lejano y de alguna manera apacible, era la muerte.

Que le llegaba a los grandes, como el señor del uniforme, pero también al de la concesionaria en la avenida, o la nena en el baldío.

No había reglas, pensé.

Qué extraño todo.

Cachuzo

La señora de la casa de dos pisos de la otra cuadra había sido distinguida, distinta, distante.

No hacía mandados, no estaba nunca en la calle, la venían a buscar en un auto grande, y su ropa no era como la de las vecinas de la cuadra.

Fumaba en el porche de su casa.

Y no era es la única actitud desafiante, su perro, Cachuzo, un pero enorme y colorado, siempre estaba a su lado. Fiel, atento, enorme.

Los pibes aseguraban que Cachuzo se movía a la señora.

Movía era el verbo.

Era obvio, cuando salían a la puerta a fumar, el gordo se le metía entre las piernas y casi la tiraba.
Y no dejaba que nadie se le acerque.

Pero no era eso lo que querían decir con eso de que se la movía.

Era celoso Cachuzo, celoso de su espacio, de su olor, de su comida puntual. El amo de la casa.

Ella ni lo nombraba, le bastaban miradas, como en un matrimonio anitguo, solo lo miraba para saber qué quería de él. Qué parte lamer, quién no podía acercarse, que parte del cuerpo necesitaba calor de arrime en el invierno.

Un día pasé por la casa, siempre de la vereda de enfrente (se contaban gatos masacrados y más de una mordida de muslo de repartidor) y la señora, pelo muy corto y platinado, fumaba sola.

Cachuzo no estaba en sus pies.

Ya no apareció.

Pregunté como al pasar en casa.

Hubo sonrisa entre quetejedis nuevos.

Entendí que la señora lo había matado ella misma.

Serían celos.

Se puede matar también animales, pensé.

Charles Dickens

Ya estábamos en la casa nueva, hace rato, y me gustaba.

Era más grande que la otra, tenía más cuartos y un patio enorme y soleado.

Las cosas parecían andar bien, y eso estaba bueno.

Pero en el invierno ese, los horarios se alteraron, algo no andaba bien. Era raro, porque estaban todos felices por la llegada de mi hermana.

Pero se respiraba algo de preocupación bastante más profunda que la que traían los diarios y sobre las cuales no se podía hacer nada, solo hablar, y en voz baja.

Yo leía. Me metía en los libros de la colección Robin Hood como si hundiendo la cabeza ahí, esos horizontes se abrieran liberadores.

Todos me venían bien, pero ese invierno empecé a leer a Dickens, cuentos de navidad, aunque estábamos en junio.

Y como la casa se había alterado, y me pasaba varias horas en casa de Pirucha, la lectura se había convertido en lo único que podía lograr aislarme de todo.

Papá llegó el sábado, creo, al mediodía.

No hablabámos mucho.

No necesitó muchas palabras tampoco, sospecho que no las tenía, para decirme lo que había pasado, lo que los había tenido afuera todos esos días.

“Ahora vas a tener que cuidar a tu abuela” fue la fórmula que eligió para decirme que Juan había muerto.

Lo entendí como el niño adulto que siempre fui. Lo llevé sin lágrimas por un rato largo, hasta que me aseguré que nadie veía.

Muchos años después entendí que se había muerto joven, no tanto como el de la avenida, pero joven para todo lo que le faltaba hacer. Aunque todos estaba convencidos que ya no quería hacer nada más.

Era la primera que pasaba en mi casa. La primera conmigo en ella.

Ya eran suficientes en tan pocos meses.

Sería por eso la lluvia.

Los cortinados pesados

Cuando me levanté para ir al colegio no noté nada raro.

A papá le alcanzaba con asomar la mano por la ventana abierta para saber cómo había que vestirse. No se usaba eso de los pronósticos, y si bien se escuchaba Rapidísimo, esa mañana no se había encendido la radio.

Todo se ponía en marcha puntual.

Cronometrado.

Unos minutos antes de las 07:10 estaba en casa de Juana para que ellos me lleven con su hija al colegio.

Pero no salimos.

No íbamos a salir ese día.

Algo había pasado.

Algo importante.

Estaban todos, incluido papá, frente al televisor que transmitía mensajes con tres hombre parados en el medio de la pantalla. De uniformes, como los del día del velatorio del general que había muerto presidente.

No se por que se me ocurre que también hacía frío ese día.

Ellos hablaban con palabras grandes, reorganizacion, control operacional, cosas así.

Cuando volvimos caminando a casa le pregunté a papá qué era eso.

El que tiene los tanques, gana.

Otra vez una frase mezquina para contar un universo entero.

A partir de ese día, las noticias de la muerte fueron corrientes.

Pero esta vez se festejaban como goles.

Tantos abatidos, tantos eliminados, y opertivos Independencia que siempre eran exitosos.

Había alivio en las calles conurbanas por donde jugaba, en la estación de trenes, adonde iba a la tarde a poner chapitas y tenedores viejos en las vias para que el tren los aplaste.

Pero duró poco.

Vinieron otras muertes, siempre vienen.

De Moe Howard y Larry Fine, dos de los chiflados, con unos meses de diferencia.

Me afectaban, claro, ya sabía lo que era.




martes, 10 de mayo de 2016

La centralidad de la canilla del lavabo

La centralidad de la canilla del lavabo

Heredé este negocio del hermano menor de mi padre, a quién, por esos malos hábitos familiares, yo le llevaba 5 años.
Lo que empezó casi como un juego, en mi adolescencia, se iría convirtiendo en mi sostén y mi pasión.
Mi viejo se fue joven y éramos demasiados como para distraernos en músicas y copetines, así que sin que nadie me lo indicara, a los 16 me puse por primera vez el mameluco que identificaba a “Bibiloni Hermanos, antigüedades”.
Tío Natalio iba al bulto. Era bueno tasando, convenciendo que no iban a sacar mejor precio en ningún lado, haciendo que no le interesaba nada de lo que veía y echando un ojo preciso sobre recuerdos con forma de mesas de luz o candelabros.
En esa húmeda parsimonia de los desarmes descubrí que a nadie en “Bibiloni Hermanos” le interesaban las bibliotecas.
Me las fueron dejando, al principio como un mal menor, ahora, con los años, como una fuente inagotable de nuevas ganancias impensadas.
Con el correr de esos meses ya no necesitaba el mameluco y podía llegar cuando todo había empezado. Había descubierto a mis 20 y pico, que me bastaba con una de esas exprimida hasta la cáscara cada dos o tres meses, para vivir sin sobresaltos todo el año.
Una felicidad triste descubrirse hecho tan en el amanecer de todo.
Un vacío pleno al fin y al cabo.
De esos años, tan lejanos y recordados como a los mundiales de fútbol, a los trancos, viene este fragmento de ese tratado que me resistí a vender a pesar de las ofertas que llegaron de los 4 puntos cardinales.
Unas 30 páginas de pura belleza.
De profundidad asombrosa.
De liturgia prodigiosa y sabiduría pagana.
Yo no desconocía los saberes prácticos, era bastante ducho en domesticidades, pero estas gigantes nimiedades se transformaron en un credo ineludible.
Así pude saber antes que otros con qué me encontraría en un hotel que no conocía, en ciertos restaurantes cuyas ventanas miran al sur, los microsegundos exactos de sonido antes que la púa toque la orquesta y qué escrituras y vaticinios deja la pulpa de la naranja recién exprimida en vaso largo.
Cuestiones prácticas, elementales, que de no saberlas a tiempo, hubieran hecho de mi vida un ir y venir de desorientaciones, una pérdida de energías sinsentido.
A mis 108 años estoy convencido que este texto, que conservé de cierta biblioteca de una familia sueca, que vivían en la calle Montevideo, es la razón de mi longevidad. No desperdicié energías en descubrir esos detalles que, amontonados en instantes, nos restan años de vida valiosísimos.
De entre todos, a modo de ejemplo, les comparto uno, quizá el que primero me llamó mi atención moza:
La centralidad de la canilla del lavabo

“…de esas observaciones, el profesor Culpin extrae conclusiones necesarias y lacerantes: Hay una confabulación internacional (no da más datos) de fabricantes de lavabos para entorpecer desde bien temprano, la vida de los habitantes”
“Semejante contundencia, analizada en sus tres últimos tratados, debe mantenernos alertas, no sabemos hasta donde podrían llegar con semejantes macabras invenciones, destinadas a insertarse en el seno de nuestras familias de la manera más insospechada y artera.” Decía un suelto del diario Crítica para el invierno de 1938
Colegios de Ingenieros, arquitectos, fabricantes de insumos para el toilette, encumbrados hombres de negocios se dejaron engañar por los agentes de este grupo que ha logrado que su osada intromisión, superara las barreras del tiempo, para instalarse entre nosotros definitivamente como un flagelo con el cual hemos aprendido a convivir.
Es difícil enumerar la enrome cantidad de crueldades que conlleva la instalación y uso de lavabos con canillas mal centradas (Ver figura) pero a los solos fines ilustrativos, compartimos algunas de ellas.
La canilla que describiremos, los males que esa mala instalación provocan, son aquellas canillas cuyo cogote es tan miserablemente corto, que su desembocadura apenas se separa de la pared posterior de la bacha. Es decir, por más que se esmere el chorro del líquido y vital elemento, nunca hará centro en el sumidero. Y si este chorro fuera débil (como sucede en Almagro) no podrá evitarse el contacto casi con la mencionada pared posterior.
Las consecuencias de este adefesio, de esta malformación sanitaria, son innúmeras:

·         Arrinconamiento, de las manos contra la pared posterior. Esta puede estar fría en las mañanas, áspera o solo generar molestia en los nudillos al golpetearla (Med. Sindrome de Rivero)
·         Frustración repentina e involuntaria imperceptible por la falta aparente de puntería para atinar al centro de la pileta (como si no fuera hecho a propósito)
·         Incomodidad manifiesta por falta de espacio vital para la correcta higiene de las manos (mucho más si intentamos por ejemplo higienizar otras partes de la anatomía) lo que produce un efecto encierro, asfixia innecesaria y trastornos de la motricidad fina.
·         Sensación de falta de libertad
·         Restricción de área de lavado, muy importante por ejemplo en el contraste que produce en familias adineradas, de buen pasar económico, que poseen cuartos de baño de más de 25m2 (muy comunes en la zona de Retiro o Recoleta) que contrastan con la superficie destinada al área manos
·         En estudios realizados durante epidemias en la ciudad, que requerían de un profuso lavado de manos para evitar transmisiones por esa vía, la escasa maniobrabilidad produjo aceleraciones de contagio comunitario
·         Aberraciones de diseño (un espíritu demoledor y un error académico de proporciones épicas pudieron permitir que un engendro semejante fuera una continuidad estética a lo largo de los años) sin solución histórica. La pregunta debería ser “¿no se dieron cuenta?” es evidente que si, que detrás de la inocente violencia constructiva hay otros intereses.
·         La modernidad fue en evidente detrimento agravando el problema*
·         Por muchos años se discutió en logias de diversa naturaleza, si parte del problema no tenía que ver con algún tipo de ahorro de materiales, motivado por alguna guerra, que impidió que las canillas desplieguen su recorrido pleno
·         En Buenos Aires solamente, de acuerdo a trabajos realizados por la Sociedad de Libres y Aceptados Plomeros, el porcentaje de canillas mal entrazadas llega a 87% en la zona urbana
·         Durante el peronismo, auge de la movilidad social ascendente, se comprobó también un dato alarmante, el engendro diferencia clases sociales, es verificable en baños de Remedios de Escalada y de Monserrat
·         Si bien sin datos fehacientes, entendemos que por razones de zozobra y reputación, hay desgarradoras confesiones de pacientes de acromegalia (gigantismo), contando con detalles angustiantes las vejaciones a las que están sometidos cuando visitan baños ajenos.
·         Tiburcio Pesc (uno de los fundadores de Pescadas) desapareció misteriosamente en la primavera del año 44, cerca del Riachuelo, cuando libraba una batalla en contra de su hermano para la patente de su canilla extra larga. Se desconoce siquiera el paradero de esos esmerados planos.
·         Se conocen enérgicas batallas legales de fabricantes escandinavos de jabones líquidos, de gran difusión en los años 60, ya que con dichas canillas es imposible realizar el efecto cuenco, necesario para la correcta aplicación y aprovechamiento del producto
·         Pr último, conocemos al menos tres enjundiosos trabajos de la sociedad internacional de psicología, en el que advierten sobre los riesgos que conlleva la imposibilidad de mirarse en el espejo mientras se realiza el lavado. “Estudios sobre el no reconocimiento del yo en la era de las canillas cortas y otros factores disruptivos”  se llama el trabajo del doctor Ferdinand De la Ruá al respecto.



*NdA: este texto fue hallado por el año 1956 y al momento de referir estas memorias, corre el año 2016 en el que nos encontramos (salgo muy poco ya pero tengo referencias precisas) con lavabos con formatos extraños en los que a menudo es muy difícil identificar siquiera de dónde vendrá el agua

martes, 26 de abril de 2016

El señor Mullen

El señor Mullen

Si había algo en el mundo que el Señor Mullen odiaba eran los jazmines. La huella, la esencia, su alma.
Los presentía. Algo en su ser se conmovía mucho antes de verlos, de tenerlos a la vista. Como el ruido de la púa segundos antes de empezar el disco.
Con destrezas adquiridas, había aprendido a evitarlos durante toda su vida.
Artilugios, estratagemas, martingalas.
Nada lo distraía. No dudaba. Como había aprendido a presentir, el Señor Mullen llevaba una vida dichosa sin jazmines.
Su trabajo como dueño de la fábrica de espoletas lo tenía largas temporadas de viaje. Apacibles Viena, Amsterdam, París, como remanso de las más agitadas Recife o Nueva York y los barcos y sus camarotes impersonales.
Libros para los viajes, dos baúles cargados, mitad de uno para sus escasos vicios (tabaco, maltas escocesas y sus rompecabezas de 5000 piezas) y algo de espacio para los regalos, que invariable y metódicamente compraba en cada parada para su amada Genevieve.
Hija de un banquero amigo, la bella Genevieve le cambió el semblante, el invariable olor a pólvora y la cuenta bancaria.
Nada era suficiente para agasajarla.
Sirvientes, regalos, palco en la Ópera.
Todo lo merecía su belleza y su economía de palabras.
Los viajes del Señor Mullen eran de dos o tres meses y sus regresos, motivo de fiesta y celebración. Si se habían cerrado buenos negocios (una constante en esos años) las fiestas en la Casa Mullen eran cuestión de Estado. No ser invitado era motivo para mudarse de ciudad.
El Señor Mullen era pura energía.
Solo no soportaba el olor a jazmines.
A la vuelta de aquél viaje en pleno Junio, al abrir las ventanas para ventilar su cuarto bien temprano como acostumbraba a levantarse, el Señor Mullen vio la bicicleta del cartero apoyada en un pilar de la entrada.
La reconoció por los burocráticos ornamentos, a pesar de que había unos 50 metros entre ese pilar y su cuarto.
Al bajar a desayunar, la diminuta pieza encontró su lugar en el paisaje.
El Señor Mullen supo entonces, que sus amorosas cartas, escritas entre vaivenes y música repetida, habían sido entregadas siempre por el mismo cartero. El joven Jurgen.
No había dudas.
Jurgen era hijo de Frida, su antigua compañera de estudios. Era bello como su madre, y descuidado. O joven, pensó el Señor Mullen.
Fue al altillo con la excusa de buscar unas botas para la cacería del sábado y se puso a buscar en las cajas de su infancia.
Y allí estaba el retrato de la adolescencia. A pesar de haber perdido el color, tanto que casi no se distinguían los rostros, no eran fantasmas, era él con Frida de la mano frente a la Florería del padre de ella.
Jurgen había cometido un solo error, un exceso de confianza cuando entregó la sexta carta a Genevieve y con ella, un ramo de jazmines.
Ahora solo había que esperar al sábado, cuando la cacería cambiaría de presa.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Rojo

No me lo saco de la uñas, hace rato que no agarro una taza como un humano, pongo mano bola como los monos y le llevo para dar sorbos cortos.
Huelo todo el día ese acre que de tan violento ahora es dulce, de tan presente, creo que me esterilizó el cerebro.
Siento en las sienes, como cada vez que empiezo, el latido insoportable, el zumbido en los oídos, la boca seca.
Lo miro fijo así, fijo, cabeza torcida ahora, me quiero ir.
Paralizado estoy.
Ni siquiera puedo erguir el cuello.
Sucio.
Me acabo de vestir, pasé una noche desprolija. Otra.
Hice lo que no me gusta hacer.
Me excedí. Ella se excedió.
Me dejo llevar desde hace tanto que no tengo claro si de verdad me gusta.
Lo único que si tengo claro es que no me gusta en las mañanas, o en eso que llamo mañana que es la tarde para ellos que están mirando.
De reojo, porque no puedo concentrarme, veo, no escucho, pero veo cómo se excitan.
Sus caras, sus gestos, ademanes. Los siento. Me dan pena.
Vienen a ver al mono.
Son muchos.
Eso está bueno aunque no tengo claro para qué me sirve ahora.
Cierro los ojos para buscar adentro, me duelen, no quiero tocarme aunque quisiera, me pican las manos por rascarme, fregarme los ojos, meterlos en la nariz bien adentro, escarbadores, curiosos.
Lo reprimo.
Hace media hora que estoy así.
Tengo la tela ahí. Enorme. Costosa.
Los baldes.
En unos minutos todo va a ser otra vez un caos.
Se besarán mientras me miran.
Anotarán.
Vivirán unos minutos en un éxtasis que no comprendo.
Pagaron para eso.
Respiro mal. Cortado.
Pica.
Allá voy. Afuera, detrás del vidrio estoy seguro que escuchan música.
En mi cabeza hay Undertow de Genesis
Y ese cielo de esa tapa

Hoy el mono se enchastrará las manos para pintar ese cielo en el lienzo 3x3 que uno de ellos va a comprar caro

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Soneto

A la vista están sus ángulos y esquinas, 
su altura, arrugas y alguna que otra peca, 
rincones de tersura sin edades 
y una melena larga, como de muñeca. 

Hay lectores de su intimidad muy advertidos 
de sus límites, como un acorazado. 
Pero hay ternuras manifiestas y escondidas 
que salen a la luz por sus costados. 

Al acercarse uno a su belleza 
atraído por su voz o su dulzura 
debe saber que no hay retorno y nunca 
podrá escapar indemne a su ternura. 

Siempre hay sol en su esquina, 
mas ¡cuidado! 
que esa sensación de placer tan repentina 
si no se cuida, 
te deja desolado.

martes, 1 de septiembre de 2015

Poli

¡No puedo siquiera comenzar a explicarte, Margarita! 
Un Talisker y ese mareo tan de comienzo de siglo. Tan de cosas en la cabeza. 
Zumbido raro mezcla de músicas bajitas, recuerdos agolpados random. Siempre en guardia pasiva, como esperando que algo pase. 
¿Cómo contarte Marga, mi Marga, que no supe ni quise contenerme? 
Que no pude desentenderme. 
Que no me arrepiento. 

Eran cerca de las dos de la mañana cuando abandoné la biblioteca y caminé hasta el bar. Una vez más caminaba rezongando porque siempre camino solo en esas circunstancias. Nunca me acompañás a esas reuniones a las que van gentes que no conocemos (ya conozco a todos los que tengo que conocer, me decís) y en las que todo el mundo habla apenas por encima de la música, y creen prestarse mutuamente atención, y se miran de reojo. 
Y se produce esa rara sensación de estar a gusto con desconocidos. 
Esos extraños que se convertirán en entrañables al cabo de las copas. 
Pero hace bien Marga, pienso para mí, al fin y al cabo, la emoción que me proporciona estar solo en la fiesta de otro, esperando conocer a alguien imprevisto que nos cambie la vida por una noche al menos, se debe parecer mucho a otras emociones que seguramente ella, que nunca se permitiría eso de confesarse con gente que recién conoce, servía proporcionarse. 

Tomé aire y me eché un poco más de Talisker en el vaso. Estaba animado. Mientras oteaba con mi célebre mirada melancólica la pista de baile, me acomodaba como para que una brisita que venía de la ventana me refrescara la nuca. Movía el cuello como si me estuvieran haciendo masajes. Y lejos de ruborizarme, sentía que había llegado a un buen momento de la noche. 
De repente la brisa se corta sin razón aparente. 
Era tan placentera, que, al interrumpirse, se me antojó un vacío que era necesario remediar rápido. 
No tuve que moverme demasiado para comprobar que alguien se había parado justo entre la ventana y mi cuellote talle 17/5 gringo. 
Era una chica alta, de pelo rubio muy largo, que se adivinaba bien cuidado. 
Llevaba pantalones de cuero negro, que juzgué demasiado atrevidos para esa fiesta, pero que hacían un excelente papel en sus largas piernas. 
En otro momento, otras situación, no me habría siquiera fijado en el detalle de los pantalones, pero había algo raro en esa chica. Era algo como familiar, un recuerdo traído de los pelos desde otro lugar, otro momento, como otra vida. 
Demasiadas especulaciones para un solo par de piernas ¿no es cierto? 
Me quede inmóvil, tratando de sostenerle la mirada que, confieso, me resultaba poderosa. 
Me miraba tan fijamente como yo la miraba a ella. Creí que los dos hacíamos el mismo esfuerzo por adivinar de qué iba todo aquello, qué memorias traíamos el uno del otro. 

Se acomodó el pelo y se me fue acercando con la cabeza de costado y una sonrisa que se hacía más y más grande a medida que se acercaba. Una sonrisa como mediada por una lupa enorme. Tan grande, que no encontraba en los pocos registros que tenía a mano, haber visto una así en mi vida. Venía con el paso lento, como elevándose del piso en cada paso. Como despegándose, desentendiéndose de la pinotea. Quise buscar detrás de mí al destinatario de esa sonrisa, pero era inútil, era para mí nomás, que seguía pensando que estábamos los dos haciendo el mismo esfuerzo por reconocernos, hasta que me sorprendió un beso que produjo en mí el mismo efecto que un gancho a la mandíbula. 

Ella me conocía. Poli, me conocía. Y yo, la conocía a Poli. 
La conocía tan bien, Marga, que todavía no despierto de este sueño que lleva ya cuatro días. Ya sé que tenía cosas para hacer, que a Pablito le dan el diploma el lunes y que querías que pasemos por la quinta el fin de semana. 
Pero no pude. 
No quise. 
No supe. 
A Poli la conocí en casa del fino Herrmann. Era la hija de su segunda mujer. Cuando el fino por fin se separó y se fue a vivir con Isabel, Poli ya tenía 6 añitos, y ahí entró en mi vida. O yo entré en la de ella, o los dos… ¡qué sé yo! Poli me cuenta, mientras peino su pelo, que se enamoró de mi a los 10 años (es decir a mis 25) y que eso que sintió de tan chiquita, fue cambiando, creciendo, escondiéndose, volviendo a asomar, para convertirse en una vara con la que midió a todos los hombres que pasaron por su vida. 
A todos. 
Aunque Poli, que por nada del mundo quiere que deje de peinarla, tiene el buen tino de confirmarme que nunca nadie se me pareció. 

Abril

¡Qué frío hace! 
No entiendo bien por qué, si es Abril y nunca hizo tanto frío en Abril. Buenos Aires está cambiando el clima. 
Si camino más rápido, para calentarme, seguro que se me pasa. Pero tengo miedo de perderla de vista, no quiero perderla de vista. 
Quiero ver adónde va, con quién se está viendo. 
Está tan linda. 
Aunque la mirada la tiene triste, no sé cómo explicarlo, como en otro lugar. 
Ahora la sigo por Santa Fe y está a punto de entrar en la librería que era cine. Ahí voy a tener que hacer alguna pirueta para que no me vea, no me va a alcanzar con solo revolver los libros desde algún rincón. 
No quiero perderla de vista. 
Qué frío, no prendieron la calefacción. 
La gente parece no notarlo, están livianos, yo estoy demasiado aturdido como para fijarme en cómo están vestidos, pero hago un esfuerzo. Por seguirla, por no dejar de mirarla, por adivinar sus próximos pasos, por no perder esta oportunidad. 
La librería es grande, distinta de la última vez que estuve. 
Creo que la sección Novelas estaba en el primer piso, al lado de los clásicos, ahora es como que dieron vuelta todo, y están también esos disquitos chiquititos y coloridos con las mismas recopilaciones de Los Beatles de siempre. 
Y salimos. 
Otra vez a la calle y al frío. Compró dos libros, no pude fijarme cuáles. 
Espero que siga caminando, si se toma un taxi la vuelvo a perder. 
Estoy sin plata y con frío. 
Pero no, parece que sigue caminando, que esta vez puedo seguirla de cerca. 
La última vez me metí en casa, sin que lo advirtiera. Mientras dormía. Tratando de no despertarla busqué mis cosas. Estaban, pero distintas, como corridas de lugar, como desenfocadas, el escritorio, menos fotos. 
No encontré la ropa. 
Aunque me esforcé no pude oler nada, hubiera querido recordar con olores. 
Olor a recién levantada, olor a recién acostada, olor a cocina, a escritorio con papeles, olores familiares. 
Cuando me di por vencido, antes que se hiciera hora de dejarla, me senté en la punta de la silla del dormitorio para oírla, pero su sueño era tan profundo que no pude, era como si su corazón hubiera parado para reponer fuerzas.  
Ahora la miro de atrás, sigo su paso, y cada vez que se para frente a una vidriera y su cara se refleja en el vidrio me entra calor en el cuerpo. Aunque está distraída, aunque se hizo algo en el pelo (lo tiene lacio y oscuro) su sonrisa, esa sonrisa que puedo dibujar a oscuras hasta los más mínimos detalles, me hace correr calor por la espalda. 
Y me quedo mirándola, y no mi importan los empujones (que igual no siento) ni las bocinas ni los fastidios de las señoras que compran enredándose en bolsas. 
Entró en un bar. Mira desde la entrada y yo la miro. Busca a alguien, busca un lugar adonde dejar sus cosas, adonde descansar un poco. 
¿No tendrá frío? 
Se va hasta una mesa para dos al final de la fila. Deja sus cosas, se acomoda, sigue buscando y yo me quedo parado cerca, como mirando otras cosas, como escondido detrás del vano de la puerta. 
Al rato están hablando, él se inclina para adelante en su silla y le acaricia la mejilla. Le dice algo que no llego a oír. Ella se sonríe y mi frío desaparece por completo. Tuerce la cabeza para un lado, para el lado de la caricia, y parece apretar esa mano contra su hombro y la mejilla. Y espera que él no saque la mano. Y trata de acariciar esa mano con su otra mano libre. Y sonríe, pero yo me acerco con cuidado y veo, y sé que esa sonrisa es triste. 
Hay algo en ellos que me extraña. 
Estoy bien de verla, tenía ganas de verla. Tengo frío pero ya no importa. 
Tengo que aprovechar el momento de verla. Disfrutarla. Recordarla, cerrar los ojos y grabarla otra vez. 
Quiero escuchar qué se dicen. 
No los entiendo, estoy cerca pero no los entiendo, no puedo saber de qué hablan. 
Pero ella llora. No con lágrimas, pero llora. Llora con desconsuelo. Y él la vuelve a acariciar en la mejilla y ella vuelve a hacer ese gesto que quiere abrazar esa caricia para siempre. Y él atiende el teléfono y ella termina su scon mirando a la gente en la calle. 
Yo la miro, ahora la miro fijo, me concentro en esa mirada y ya no me oculto. 
Me pongo delante, me acerco a la mesa, me acerco tanto a la mesa que casi los escucho. Ella lo mira como esperando que corte, el habla y sonríe y hace señas de que lo espere e intenta llevar otra vez su mano salvadora a su mejilla, como todo gesto de cariño, o de amor.
Y ella lo interroga y lo sigue mirando para que corte, y el escribe en la servilleta y yo puedo leer lo que escribe “tengo al nene del medio con gripe, me voy para casa, después te llamo porque tengo para largo...” y se levanta, y se va. Para, vuelve sobre sus pasos y deja un billete. No tengo idea de cuánto. 
Y ella, que sonríe al ver que vuelve, deja caer sus hombros cuando lo ve alejarse. Y me acerco más, y la veo linda, triste. Se hizo algo en el pelo, tiene las uñas más cuidadas, no me acuerdo de ese suéter. Estoy encima de la mesa, intento acariciarla. La alcanzo. 
Y ella, de repente y asustándome se lleva la mano a su cara. Se sorprende, se asusta, cierra los puños fuerte fuerte y llama al mozo. 
Yo estoy inmóvil y ella también, solo mueve sus ojos para todos lados, como buscando algo. Cuando no lo encuentra, deja caer sus hombros resignada, mira para la ventana, mira al cielo que ahora se encapota y sus ojos se ponen vidriosos. 
No voy a esperar a salir con ella, son pocas las veces en que puedo volver y la veo, pero la última vez no soporté verla desvanecerse. 
Esta vez me voy yo. 
Como cuando me fui del todo, hace ya como 6 años. 
También era Abril, pero no hacía tanto frío. 

lunes, 31 de agosto de 2015

Gran Hotel Excelsior (pieza teatral en un acto)

Gran Hotel Excelsior

La escena se desarrolla en la habitación de un hotel céntrico. No lujoso. Un típico hotel de viajantes de comercio, personal de empresas del interior que visitan la casa matriz, de intendentes y funcionarios de paso por la ciudad.
La escena está oscura. Sólo una luz poderosa, azul oscuro, intermitente, nos deja adivinar la disposición de los muebles cada vez que brilla.
Hay silencio.
Por la derecha se escucha un ruido electrónico, el de la puerta que acciona su mecanismo de apertura y se abre la puerta; en el mismo acto se enciende la luz del cuarto y entra Ferrer.
Entra apurado, viste traje oscuro y en un movimiento coreográfico se saca los zapatos haciendo palanca con la punta del pie en el talón del otro pie y corre al baño que está al otro lado de la habitación. Sin emitir sonido alguno cruza todo el frente del escenario con apuro hasta desaparecer.
La escena vuelve a quedar quieta. Sólo se escucha el ruido de la descarga del inodoro.
Ferrer sale.
Al salir, queda inmóvil frente a la cama. En ella se adivina un cuerpo bajo las sábanas. Quieto.
Ferrer: ¿Quién está ahí? (Dirigiéndose rápido a la mesa de luz para alcanzar el teléfono)
Cecilia: ¿Eh? ¿Qué pasa? ¡No estuve nada!
Ferrer: ¿Qué hacés ahí? Es mi cuarto. ¿Cómo entraste?
Cecilia: ¿Cómo tu cuarto? Me dijo el moreno que podía quedarme. Disculpá.
No sabía que había gente, estaba todo tan como si no hubiera nadie.
Ferrer: Es que tomé la habitación, pero estuve todo el día afuera. ¿Cómo te dejan entrar así? ¿Quién es el moreno?
(Cecilia se incorpora un poco, está dormida todavía, se nota en la cara y en el pelo revuelto que recién estaba conciliando el sueño. Balbucea. Tiene unos 38 años, es alta -al menos eso parece a pesar de estar acostada-y tiene la piel muy blanca. El pelo negro negro, medio revuelto, es lacio, como acortinado, y se empeña en caer fuerte. Está desnuda, cubierta con las sábanas. Parece no importarle)
Cecilia: No llames, por favor (le implora).
Ferrer: Pero si vengo siempre a este hotel y esto nunca me sucedió, que me den otro cuarto.
Cecilia: Está lleno, si le pedís eso tengo que irme.
Ferrer: Bueno, no es mi problema.
Cecilia: No, es cierto, es sólo mío, pero si me dejás puedo acomodarme en el sillón, es un rato nomas.
Ferrer: ¿Eh? ¿Qué decís? De ninguna manera, tenés que irte.
Cecilia: ¿Viene tu esposa?
Ferrer: No. Cecilia: ¿Y entonces? Ferrer: Tenés que irte, tuve un día largo y necesito descansar, y esto es muy raro.
Cecilia: Largo, pero ¿te fue mal?
Ferrer: Largo.
Cecilia: ¿Qué hacés?
Ferrer: Vine a una entrevista, se va un jefe, quizá me den el puesto.
Cecilia: ¡Ah!
Ferrer: Por favor, dejáme llamar.
Cecilia: ¿Y te interesa el puesto?
Ferrer: Mucho… No sé.
Cecilia: ¿Te interesa o no? (Cecilia se ríe fuerte. Parece habituada a situaciones inesperadas. Se sienta con las piernas cruzadas haciendo equilibrio con sus brazos también cruzados para que no se deslice la sábana, que apenas deja ver su piel)
Ferrer: No sé si puedo. (Ferrer se va hasta el sillón y se desmorona ahí. Parece querer habituarse a esa presencia)
Cecilia: ¿Vivís lejos? Digo, ¿en qué provincia?
Ferrer: Hace años me mudé a Chubut, y ya no volví, era de San Isidro.
Cecilia: Yo soy de acá. (Suena el teléfono. Por un momento Ferrer se para rápido, como si se hubiese sobresaltado, como si sintiera que alguien descubrió algo que no quería que se descubra, mira cómplice a Cecilia)
Ferrer: ¿Atiendo?
Cecilia: Sí, claro.
Ferrer: Sí, sí, está todo bien, sí, ¡ah! Claro, sí, por favor, súbanlo, me olvidé de avisar.
Cecilia: ¿Qué pasó?
Ferrer: Había pedido algo para comer, no tuve tiempo y, como me conocen, me lo prepararon.
Cecilia: Me muero de hambre yo.
Ferrer: Pido más.
Cecilia: Pero no, se supone que estás solo.
Ferrer: ¿Cómo te dejan entrar?
Cecilia: El moreno es amigo. Cuando necesito quedarme unas horas paso y le pregunto, si hay lugar me deja. A veces comparto cosas con él, es un buen chico. Ferrer: Cosas como ¿qué? Vos ¿a qué te dedicás? (Pregunta Ferrer, suponiendo que sabe la respuesta)
Cecilia: No a lo que te estás imaginando.
Ferrer: No me imaginé nada.
Cecilia: No te creo, me llamo Cecilia.
Ferrer: Ferrer.
Cecilia: ¿Ferrer? Ferrer es el apellido, yo te dije mi nombre.
Ferrer: No, Ferrer es mi nombre.
Cecilia: ¿Quién le pone Ferrer a un chico?
Ferrer: Mis viejos eran anarquistas. Soy Ferrer Aragón, es largo para explicar.
Cecilia: Ferrer… nunca había escuchado un nombre así… Te queda bien.
(Se recostó sobre el respaldo de la cama dejando asomar por el costado el contorno de sus pechos)
Ferrer: Gracias, no me dijiste por qué pediste un lugar esta noche, ¿no tenés a dónde ir?
Cecilia: Si tengo, pero no quiero.
Ferrer: ¿Por? ¿Tu familia? Cecilia: No. Ferrer: ¿Estás en…peligro, o algo así? (Los golpes a la puerta de la habitación interrumpen el diálogo. Es la comida.
Ferrer prepara la propina haciendo malabares para no dejar que de afuera se vea nada de la habitación. Es casi torpe en sus movimientos. Está nervioso)
Cecilia: La comida… (dice Cecilia, sin sacarle los ojos al Club Sandwich)
Ferrer: ¿Querés? Ya no tengo hambre.
Cecilia: Si, claro. (Cecilia come con ganas, casi con desesperación de quién no lo viene haciendo seguido. No es una actitud que guarde coherencia con su refinamiento, con su lenguaje, con su ropa elegante colgada prolijamente de una silla al costado de la cama, Ferrer está más desorientado)
Ferrer: ¿Por qué estás acá?
Cecilia: ¡Mirá como estoy comiendo! ¡Con los codos pegados al costado!
¿Me pasarías esa camisa para que me la pueda poner y comer bien? (Le señala una camisa doblada que Ferrer había dejado para estrenar en su entrevista.)
Ferrer: Tomá. (Se la alcanza, se da vuelta mientras Cecilia se la pone sin pararse, cuando se estaba dando vuelta alcanza a ver sus hermosos pechos y el pelo negro que le cae sobre ellos)
Cecilia: Gracias, ahora sí. No es nada, necesitaba dormir, comer algo, hace días que no puedo hacerlo. Vivo acá en la Ciudad, pero no puedo ir a mi casa, es por unos días, tengo que sacar a un inquilino molesto. (Se ríe.)
Ferrer: Estás en problemas.
Cecilia: Ya van a pasar, qué rico está esto.
Ferrer: Se nota que te gusta, ¿querés que pida otro?
Cecilia: No, se van a dar cuenta que no estás solo, te va a traer problemas.
Ferrer: Si, tenés razón, pero me importa poco.
Cecilia: ¿Esa es tu familia? (Señalando un portarretratos chiquito, de viaje, que Ferrer había puesto en la mesa de luz como única acción a la mañana, cuando solo dejó en el cuarto al que iba a regresar tarde ese recuerdo y las cosas para afeitarse y el cepillo de dientes)
Ferrer: Sí, ahí estamos los 5, toda mi familia.
Cecilia: ¿Tu mujer es mayor que vos? ¡Qué bruta soy! Perdoname.
Ferrer: Está bien, si es mayor, unos 5 años.
(Ferrer volvió a sentarse desmoronado en el sillón. Se desabrochó el cuello y aflojó la corbata. Está cansado)
Cecilia: ¡Qué rico estaba! Gracias. Voy al sillón y vos vení acá, así podés descansar para mañana. Yo con un par de horas tengo suficiente. Me voy antes que te despiertes, si no te molesta.
Ferrer: No, no me molesta, pero quedate, parece que vos necesitás más que yo ese descanso.
Cecilia: No te creas, tu cara dice otra cosa.
Ferrer: ¿Qué dice mi cara?
Cecilia: Que estás preocupado más de lo que admitís. Si no te sale el trabajo, ¿te tenés que ir?
Ferrer: No. Si no me lo dan, el tema es con mi suegro. Me voy a tener que soportar…
Cecilia: ¡Esperá! ¿Escuchaste eso? (Cecilia salta de la cama y va a la ventana. En el camino apagó la luz. Entonces ahora vemos cada 10, 15 segundos la escena en azul.
Cecilia se va acercando a la ventana y se asoma sigilosa. Tiene piernas largas, la camisa le cubre parte del cuerpo pero deja ver su bombacha blanca, inmaculada, era mucho más alta afuera de la cama de lo que Ferrer creía) Shhhhhh, no hagás ruido.
Ferrer: ¿Qué pasa?
Cecilia: Nada, creí oír algo.
(Son las 4 de la mañana ya, los ruidos de la calle se atenuaron. Quedan gritos de borrachines, alguna sirena, el camión recolector de basura.)
Ferrer: Andá a la cama.
(Cecilia se para frente a Ferrer que sigue en el sillón. Frente a el con sus piernas levemente separadas como si en cualquier momento se dejara caer en su falda. Lo toma de la mano con naturalidad y Ferrer se deja llevar. Se sienta en el borde, comienza a sacarle la corbata, la camisa, lo recuesta, le desabrocha el cinturón, le saca las medias, tira suavemente de la botamanga del pantalón hasta dejarlo en calzoncillos.
Ferrer no dice una palabra. Tampoco intenta ningún movimiento que disimule su excitación.
Cecilia corre las sábanas, lo ayuda a incorporarse y antes de arroparlo saca su calzoncillo con un solo movimiento. Lo tapa. Ferrer se queda entonces de costado, en posición casi aniñada, pone sus dos manos juntas bajo la almohada y se deja vencer por el sueño. No teme. La luz se apaga del todo.
Un estruendo de gritos que llegan de la calle lo despiertan sobresaltado. Es de día, por la ventana entra una luz furiosa. Hay ruido de avenida. Sirenas muy cercanas.
Suena el teléfono, que por la insistencia parece que hubiera estado sonando hace rato.)
Recepcionista: ¡¡Señor Aragón, son las 09:40!!
Ferrer: ¿Qué hora es?
Recepcionista: Las 09:40, hace casi dos horas que lo estamos llamando.
Ferrer: ¿Qué? ¿Dos horas?
Recepcionista: Si, nos pidió temprano, pero no respondió nunca. Pensamos que se había ido más temprano, antes del cambio de turno. Fuimos a su cuarto y golpeamos fuerte. Nos asustamos bastante, temimos lo peor, pero cuando quisimos entrar a su cuarto para comprobar que no estaba no pudimos, está trabado por dentro.
Ferrer: ¿Qué dice?
Recepcionista: Sí, señor Aragón, lo trabó por dentro.

(Ferrer repasó en segundos la noche anterior, efectivamente, una silla estaba estratégicamente puesta trabando la puerta. Con el corazón cabalgando rápido se levantó de la cama, la ventana estaba abierta con las cortinas moviéndose al compás del viento frío que ni siquiera había notado, se fue acercando despacio, las sirenas estaban en la cuadra. El cuerpo sin vida de Cecilia se veía hermoso desde la ventana, armónico, sutil. No lo habían cubierto todavía, estaba rodeado de un biombo de la Policía Federal, pero el veía todo desde la ventana, una toma cenital perfecta. Cecilia tenía una sonrisa en su cara. Nunca Ferrer había visto una sonrisa tan hermosa.)