viernes 30 de diciembre de 2011

No time Bocha

No time Bocha
(para Diego Albé – Buenos Aires 2011)


Amigo de perros guardianes de iglesias
Sabedor de costumbres
Filcar de bares y entremeses
Artista
Del lápiz que dibuja
Y del que escribe
Padre embobado
Hijo referente
Siempre listo a caminar acompañando
A escuchar contando
A descubrir el mundo
No time Bocha nació hace rato
Quizá cuando Borges
Ó Pichuco
Se viste de 40
Solo para que no te sientas mal a su costado
Traductor diplomado
Del código de Buenos Aires
No time Bocha no duerme
No hay tiempo para eso

miércoles 3 de agosto de 2011

Bendito es el fruto


Odiaba tanto llegar tarde. Le daban vergüenza esas miserias que lo hacían tan desdichado pero que con el paso de los años manejaba cada vez menos. No había terapia ni reflexiones. Solo disimulo y proceso interno.

Pero decidió ir con el auto, y aunque se lo aconsejaba a otros, no se subió al subte esa mañana, quizá para llegar en condiciones al Bar en el que se había citado con Laura.

No la conocía, solo había leído mucho sobre ella. Detalles íntimos, cuestiones relacionadas a su carácter, enfermedades, obsesiones, educación, libros, pasatiempos, viajes y algo sobre sus padres y hermanos. Pero no la había visto nunca.

No le llamaba la atención ese detalle, de todas maneras los acuerdos estaban ya firmados y habían sido tal cual lo había planeado con la ayuda del doctor Espeche, así que no había nada de qué preocuparse.

Simplemente quiso verla, tuvo ese impulso y la llamó.

Se tenían que ver a las 10 en un bar de la calle Tucumán, zona repleta de abogados, como si ese lugar seguro lo protegiera de artimañas que tanto lo lastimarían. Después de todo no se trataba de un boleto de compraventa o de un alquiler cualquiera.

Ramiro era de seguir impulsos y esta no iba a ser una excepción. Hacía lo que quería con su vida desde hace rato, y ahora, a sus 38, todo ese galopar sobre las cosas estaba más a flor de piel que nunca.

Hacía ya unos 12 años que se aburrió de la economía y se abrió su taller de confección, hacía unos 15 que se había tomado el primer sabático y un poco más desde que dejó la casa de sus padres en Bernal.

Siempre siguiendo impulsos, de los que por regla, no se arrepentía.

Como cuando después de ver una y mil veces las páginas de internet se decidió por Laura.

Le iba bien. Muy bien. Esperaba que le vaya mejor y ya no le preocupaba, quería tomarse otro año sabático, tenía demasiado por leer y quería aprender a pintar.

Pero lo que más quería en el mundo, desde hacía unos tres o cuatro años, era ser padre.

Andaba siempre solo, tenía amigos, como todos, los del colegio, los del bario que ya casi no veía, algunos de la facultad y de sus trabajos anteriores y estos nuevos, muchos y desordenados, habituados a llamarse a las 12 de la noche para ver adónde ir un martes.

Creía que estaba en el momento justo para ser padre.

Lo intuía.

Se sentía maduro, aunque no era capaz de definir con precisión qué significaba ser maduro.

Se quedaba horas mirando los juegos de las plazas, la cola de la heladería, sus amigas con panza y carritos, y sentía algo adentro. Algo que no podía describir pero que se convenció que era un llamado.

No lo habló con nadie. Sentía que ninguno de sus nuevos amigos estaba en esa sintonía, que no sabían nada de su historia como para comprenderlo, y tampoco los percibía padres, como él quería ser.

Pero lo que para cualquiera de sus amigos, aún los menos preparados, los menos agraciados, los que no pudieron hacer nada de sus vidas, los que no tuvieron ni sus herramientas ni su suerte ni sus convicciones, había resultado fácil. Esto es, enamorarse, casarse o juntarse, y tener hijos, para Ramiro, por alguna razón, no había sucedido.

Simplemente no.

Sin vueltas. Tuvo novias, se sintió atraído también por hombres, probó todo o casi todo. Pero no llegaba. Envidiaba con una fuerza que le asustaba cada nueva buena noticia de sus amigos en pareja, esos ojos de enamoramiento, esos embobes, esos babeos que nunca había experimentado.

Se sentía grande para algunas cosas, pensaba fríamente que en esos lugares que frecuentaba no iba a encontrar a nadie para compartir lo que quedaba del camino. Pero no quería resignar sus ganas de ser padre.

Se veía próspero, sereno, inteligente, y lo angustiaba esa sensación de que todo eso quedaría ahí, moriría con él. La sensación de que nadie se llevaría sus discos y sus libros de la casa, cuando ya no estuviera.


Después de buscar en secreto, páginas, viajes, revistas, llamados, dio por fin con Laura.

Alquila vientre para inseminación.

Era una más, pero quería que fuera distinta.

A poco de leer sobre su vida y reparar en los detalles que las otras páginas no traían pero si la de Laura (¿era necesario hacer tanta referencia a los exámenes médicos y las enfermedades de chicos?) como sus gustos musicales y las cosas que la emocionaban, supo que era ella.

Espeche se encargó de todo. Los trámites, los detalles, los acuerdos, los pagos en fecha.

Ya tenían todo listo.

El contrato incluía no verla, que entregaba a la criatura ni bien nazca y a otra cosa.

Todo legal, todo certificado, a prueba de despechos o remordimientos.

Ya habían firmado y certificado.

Ya lo había hecho en un frasco y se habían hecho las cuestiones de la medicina.

Pero tuvo el impulso de verla.

De ver cómo le sentaba ese embarazo a pesar de llevar solo 4 semanas.

- Laura, soy Esteban, el psicólogo de la clínica de fertilidad, me gustaría que nos encontremos para ver cómo va todo. Te parece? Es de protocolo, pero algunas no quieren. Como te parezca. Si? Bueno, el lunes te espero en el bar que está en Tucumán al 1300, en el centro, te queda bien? Dale, nos vemos ahí el lunes. Chau.

Quizá era el eco de esas palabras lo que hizo que se retrasara 20 minutos. No estaba acostumbrado a mentir para lograr nada. Demasiado seguro de si mismo como para tener que inventarse un personaje para lograr algo.

Al fin dejó el auto a la vuelta del bar, y esos 70 metros se le hicieron eternos.

De repente todo el ruido de la zona se apagó y solo escuchaba el eco de sus pasos. Como si todos esos trajeados abogados que cruzaban con expedientes y celulares en llamas hubieran sido una gran escenografía montada para el encuentro, y todos, como en una coreografía, se abrían a su paso.

Le latía el corazón fuerte, tenía mucha expectativa en ver a Laura.

Dudó 10 metros antes, se paró a comprar La Nación y pretendió volver sobre sus pasos.

Miró a la esquina, tuvo el impulso de comprar flores en el puestito que recién estaba abriendo.

Llegó lento a la puerta del bar, lo pensaba lleno de gente, de abogados y cafés con leche y diarios y expedientes. Pero no, estaba casi vacío, como si lo hubiera hecho desalojar el mismo director que estaba haciendo la puesta en escena de la mañana hasta ese momento.

Y entró.

Y miró para todos lados.

El bar era un pasillo largo. Una barra con cafés de varios gustos y tortas y medias lunas en campanas como la que guardaba el teléfono secreto con el que el comisionado Fierro se comunicaba con Batman, pensó para él mismo.

Y en medio del largo pasillo, en una mesa larga con butacas y almohadones, vio a Laura.

Intuyó que era Laura. Deseó que fuera.

De pronto sintió que se le secaba la garganta y transpiraba a pesar de los 8 grados de la calle.

Se movía torpe hasta llegar a ella.

Rubia. Con el pelo revuelto cayendo por el hombro, sentada sobre una de sus piernas, leía y subrayaba un libro, abstraída de todo, vestida con una blusa de seda naranja, que apenas dejaba adivinar unos pechos que empezaban a tomar volumen por el embarazo.


¿Y si pasaba de largo?

¿Y si seguía y se sentaba a ojear el diario y a mirarla hasta que se cansara de esperar al psicólogo?

¿Y si observaba sus muecas, sus mohines, sus rubores desde una distancia segura?

¿10, 12 pasos para llegar a ella? ¿Cuánto se puede ver en detalle en 12 pasos? Se tragó esa imagen, sacó fotos secuenciales de su pelo, de sus pecas apenas insinuadas en el escote, de sus manos chicas, de su bolso, de su teléfono arriba de la mesa.

-Hola, dijo de pié al lado de su banqueta. Laura levantó la mirada y le regaló una sonrisa que solo Laura podía regalarle a un extraño. Soy Eduardo, dijo y se sentó, ¿cómo estás?

-Hola, ¿Eduardo? Creí que me dijiste Esteban. El psicólogo, ¿no es cierto?

Tardó unas milésimas más de lo aconsejable y ese fue su error.

-Sí, no, soy de la clínica, tengo que verte para un infor… soy Ramiro Laura, el papá.

- Laura reaccionó bien, movió la cabeza de un lado al otro con un “aaahhh mirá vos! Ramiro. Se supone que esto que hacemos no lo tenemos que hacer Ramiro, es lo que firmamos. Conciliadora y cerrando su libro.

Al rato, el local se había vaciado y vuelto a llenar. Los olores pasaron de los cafés y facturas a aceites de oliva y limón. Y ellos dos ahí, en medio de la gente, contándose cosas.

Ni Ramiro ni Laura tenían respuestas para las preguntas que se hacían para sí, sin animarse a hacerlas en voz alta. Pero era obvio, por las miradas, por los momentos en los que reían, que las compartían. ¿Cómo llegué a esto? ¿Por qué no nos conocimos antes?

Y es esa última pregunta la que estuvo todo el tiempo en el aire. Pero para la cual Laura, con esa preciosa habilidad femenina para saberlo todo, contestó sin la necesidad de la pregunta, que quizá los hubiera puesto incómodos.

-Nos vimos Ramiro, más de una vez nos vimos. Estoy segura eras vos esa vez que te dejé partir de chica, cuando me dijiste que me querías como a nadie, y era yo a esa que dejaste en la puerta de ese bar esperándote, y eras vos el que se fue sin saludarme dolido por mis histerias y era yo la que nunca respondió tu carta.

-Estoy segura que nos dejamos pasar más de una vez, simplemente porque no pensamos que podíamos estar escondidos en esas personas.

Los silencios entre frases ahora eran más largos.

Ramiro miraba sin leer la tapa del diario.

Tomaba sorbos cortos.

-¿Cuánto tiempo les dimos? ¿Cuántas veces nos alejamos sin dar chances? ¿Cuántas veces herimos?

Se rozaron las manos sin querer.

Ramiro la dejó quieta. Haciendo un esfuerzo por enfocar toda la energía de la que es capaz de producir en ese minúsculo milímetro de piel compartida.

Eran las 6 de la tarde.

Habían estado demasiado tiempo, habían comido, se habían levantado al baño, habían reído.

Se frotó los ojos, estaba cansado. La miró fijo, como había hecho tres o cuatro veces en esas horas. Cuando Laura volcó la cabeza de lado y dejó caer su melena, estuvo a un triz de besarla.

En lugar de besarla se levantó de un salto.

Llamó al mozo y mientras venía a cobrarle, la volvió a mirar fijo para recordarla. Lo hacía a menudo, cuando diseñaba cerraba sus ojos y aparecían todas esas fotos que atesoraba.

Cuidálo,

Le acarició la panza, que todavía era chata.

Salieron del bar juntos, como viejos amigos, ya no quedaban abogados corriendo con expedientes.
Se había ido el sol y el frío ya empezaba a bajar.

Caminaron juntos hasta Viamonte y se separaron sin pedirse nada. Con un beso en la mejilla.

En esas cuadras que caminaron, Laura hasta el Subte y Ramiro hasta el auto por el camino más largo, no pudieron responderse a sí mismos si todo había sido un error.







martes 12 de julio de 2011

Buenos Aires 07:48

07:48 julio soleado, templado y húmedo, como siempre desde que dejamos de ser chicos.


Camino y oigo, el escape exagerado de una chata que reparte pollos, el chirrido del freno a disco del bondi.


Ruidos de proveedores en el boliche a oscuras, el encargado hace cuentas con los anteojos por la mitad de la nariz.


Tacos.


Un grito de barrendero.


Una escoba que intenta despegar un chicle con frenesí frente al negocio de carteras.


Ya hay cola para entrar al Bingo Lavalle. Son ahora las 07:58


Un dejo de radio am en una portería, no trae otra cosa que recuerdos de la primaria.


Unas llaves en un portón de los pesados, de esos tras los cuales descubrimos un zaguán y un mundo.


Una frenada de suelas apuradas. Los dos dormidos en la ochava.


El plop de la baldosa floja.


Un tatam tatam de abajo, de la rejilla del subte.


Un chiflido del ciclista en una esquina, que apenas ve detrás del canasto de facturas.


Moderno, el pitio del semáforo largo, para ciegos.


Después vendrán otros ruidos. Muchos más a medida que pasen las horas.


Pero Buenos Aires se despereza y se lava la cara al ritmo de esos compases.


Chiruza, desconfiada, prepotente.


viernes 15 de abril de 2011

Piecito

Renegrido, escueto, huesudo, de uñas largas.
Cuelga desde un montón de abrigos que no abrigan.
Descuida el movimiento, roza, se entromete.
Paro ahí, decido no subir con la mirada, pero no puedo.
Termino adonde no quería.
El dueño de piecito es un nene de 6
Que juguetea con bolitas y migas en el hueco del pecho de su madre
Todo es mocos y hollín viejo
ira solo ahí
A las bolitas y a las migas
La mamá, de 16? Empuja, arremete, pide sin mirar, o mirando al próximo al que le va a pedir
Y putea
Y escupe
Son los primeros fríos, vendrán otros más jodidos, y piecito seguirá ensuciando trajes al boleo ¿Quién contará esa historia? ¿de boxeador en Las Vegas? ¿de escritor de culto? ¿de cantante de cumbia? ¿de asesino de otro niño?

jueves 28 de enero de 2010

El alma de Luqui viaja en primera




Estuvieron una sola vez juntos en su pueblo griego.
Pero Nacho no se acordaba, tenía tres años, y todo lo que hoy cuenta de esos días felices en Atenas con su hermano Luqui, es producto de la obsesión por saber, por preguntarles a todos los tíos vivos, por ponerles epígrafes parlantes a esas fotos que ya casi no se ven y su imaginación.
Se llevan unos 17, y esos recuerdos que Nacho cuenta, que recuenta, son de hermano-padre. De figura paterna bis.
Luqui mundano, mujeriego, eterno electricista de barcos de carga. Volvía de cada viaje por el mundo con historias que Nacho escuchaba como en misa, con programas de cine, caramelos de nombres raros y cajitas de fósforo que Nacho siempre sabe adónde están.
Ese ritual es, todavía hoy, una de las mejores cosas que le pasaron en la vida a Nacho. La llegada de Luqui de un viaje, su desparramo estudiado y secuencial de sorpresas arriba de la mesa, sus abrazos a mamá, su beso en la frente a Nacho y rascada de cabeza. Su dejar las cosas en el rincón, quedarse en camiseta y calzoncillos (blancos) y recuperar su cama, la de al lado de la ventana, para fumarse un cigarrillo mirando el techo.
Y Nachito ahí, en el piso, todavía con sus recuerdos nuevos en la mano, pidiendo más.
Desde esos días que planean este viaje juntos a tierra de los viejos.
Nacho tiene unos 100 kilos más que en esos días y casi ningún diente propio.
Y una mujer y cuatro hijos.
Pero se le ve la misma sonrisa debajo de la barba descuidada. La misma cara fresca que tuvo. La misma chispa en los ojos.
“Cuando cumplas los 18 vamos Nachito” le dijo Luqui a los 12 y es fecha quedó clavada en la cabeza, en los libros del colegio y en las cartas a Elena, su esposa, a quién conoció a los 16.
Y después la vida, que la colimba, que Luqui cambiando de barcos, que la enfermedad de mamá, que el taller, que los chicos, que la guita.
Pero para Nacho, un chico, los 18 se iban corriendo. Será a los 21 cuando sea mayor, a los 25 entes de que nazca el primero, a los 30 unos días y la llevamos ala vieja.
Lo imaginó cien veces. La llegada (que iba a ser en barco y ahora era en avión) la recorrida por el pueblo, la vuelta por la plaza por la que juraba haber jugado toda una tarde entera.
Poca ropa, consejo de Luqui. Andá liviano Nacho, por la vida siempre liviano. Un bolsito nomás, qué hay en la vida que no se pueda meter en un bolso?
Cuando murió mamá, los dos abrazados y entre llantos, le prometieron que se iban a ir juntos, a avisarle allá a la familia.
Nadie pude llegar a Berazategui para el entierro.
Ahora fue otro el que partió.
Luqui murió una mañana de Agosto, flaco y feliz como siempre fue.
Nacho, que volvía a despedirse de un padre, juntaba sus cosas para regalarlas y quedarse con un par de recuerdos (buscaba su carnet de marinero y algunas fotos que nunca había visto pero que sabía que Luqui tenía) cuando encontró una carta a su nombre.
Tenía fecha de hacía una semana y decía:
“La cagué gordo. No les dije nada para no joderles la vida, ya bastante tenés vos con los tuyos, pero tengo cáncer.
Hace un año más o menos me dijeron en España.
Aunque cuando abras esta carta ya no me vas a poder putear, decidí por esa misma fecha que no me iba a dejar que me hicieran nada. Ni inyecciones, ni placas ni rayos ni nada.
Junté los últimos viajes pendientes para despedirme de algunos lugares en los que fui nerviosamente feliz, y si Dios me deja, termino todo lo que tengo planeado.
Sería una cagada que me agarre lejos, entonces esta carta no tiene sentido.
Pero si estoy en Argentina, si la ves antes de que me manden abajo, te voy a pedir un último favor Nachito:
Juntá los mangos que te dejo en el sobre, comprás un pasaje a Grecia y te llevás mis cenizas allá y las tirás en el mar. Me hacés la gauchada?
Gracias hermano.
Luqui”
Fila 24 pasillo. La mochila apretada entre las piernas.
Al fin, piensa Nacho y se sonríe.
Aunque Luqui se las haya arreglado para ir en primera.
Se lo merece.

lunes 4 de enero de 2010

Beto y Graciana (cuento de navidad)

Era el 23 a la tarde y Buenos Aires estaba caliente.

Calentura que brotaba del asfalto, de las cubiertas de los colectivos aplastándose contra ese asfalto, de las tapitas de chapa que se aplastaban debajo de esas ruedas pesadas en ese asfalto caliente.

Tan caliente, que cuando uno miraba la calle parado en el medio, veía que a dos cuadras nomás la cosa ardía, se licuaba en un espejismo plateado y sinuoso de movimientos más o menos ondulantes.

Como si saliera fuego de abajo.

Y las compras siempre de último momento, y los turrones que se derriten de viejos nomás, y los reproches por cambiar de planes y cancelar a los familiares las reuniones que se hacen desde hace 50 años igual.

Y más reproches, y sol. Mucho sol en Buenos Aires.

Aureolas en las camisas celestes, profundas, y amarillas en las blancas. Y pañuelos que se impregnan de sudores nuevos.

Y bocinas, y taxis que cruzan una y otra vez la avenida. Con las ventanillas abiertas como si boquearan. Como si se tragaran el aire y lo devolvieran caliente, pegajoso.

Vidrieras abarrotadas, juguetes, luces para los arbolitos, panes dulces y castañas de esas que cuestan pelar.

A las 3 de la tarde de los 23, la ciudad se mueve frenética pero en un frenesí que hace chap chap, como un sobaco inundado.

Y Beto va con su moto. Va y va. Debe ir. No importa lo que pase, Beto debe ir.

Desde que consiguió este trabajo de llevar películas de un cine a otro Beto no sabe de feriados. Cine hay todos los días y todos los días Beto tiene que llevar las películas a horario.

Beto se pregunta quién va al cine el 23, y el día del padre y el día del trabajo.

Y no importan las respuestas.

La gente va al cine. Se mete en el cine y por un par de horas se olvida de todo.

Y ese 23, con ese calor y esos apuros, meterse en el cine es un oasis.

Y Beto va.
Beto no duraba en los trabajos como duró en este.

Ya hacía como 15 meses, había cobrado el aguinaldo y se había tomado vacaciones. Todo un logro para Beto.

A los 11 años supo que las cosas no le iban a ser fácil.

Lo que pasa es que a los 11 años nada es imposible, y uno no se toma en serio esas cosas. Simplemente no las reflexiona, no las procesa.

Pero ese Sábado perdió Los Andes y Beto, que no iba nunca a la cancha y eligió esa final para estrenar pasión, recibió los primeros reproches.

No habían pasado dos semanas y Gustavo Ballas, un boxeador que prometía gloria, pierde su corona en manos de un nadie. Y Beto se había anotado para ver la pelea acompañando a su papá a casa de unos amigos.

Amigos del padre cuyos hijos eran amigos de Beto.

Y el papá de Beto también frunció el ceño y recibió de pie y en silencio algunos tímidos reproches y una incipiente lista de coincidencias.

Lugares, fechas, acontecimientos en los cuales Beto, el niño Beto, se había visto envuelto sin saberlo, acusado de ser él, nada menos, el culpable de que esos cursos seguros, esas seguras victorias, se arruinaran.

Casualidades que se volvieron permanentes, puestas a prueba una y otra vez, que fueron creciendo con Beto.

No fue una adolescencia fácil. A la hora de las chicas, de los cigarrillos, de los primeros colectivos en el asiento de atrás a desabrochar con pericia algún corpiño, Beto se hundía en sus historias, que crecían con los pelos de sus piernas y bigote.

Así, suaves, tupidas, poco agresivas eran las historias, como el bigote de Beto. Pero se multiplicaban, cambiaban de barrio, se hacían protagonistas de cumpleaños, de brindis, de risas en el patio de los colegios de la zona, se agrandaban irremediablemente y se hacían mito.

Beto no lo llegaba a percibir, su padre, severo siempre con Beto, tampoco lo había sospechado esa tarde de Box cuando asintió entre risueño e incrédulo a las primeras suposiciones. Podía haberlo negado y todo hubiera quedado ahí, pensaba ahora arrepentido.

Caídas de aviones, divorcios, mal desempeño en las elecciones, una materia mal dada, una muerte inesperada, un gol errado, todo era atribuible, de alguna manera, a algún influjo de Beto. Que ni se enteraba.

Dejó de enojarse cuando veía de reojo, en la parada del colectivo rumbo al colegio, cuando con disimulo, los varones desinhibidos llevaban su mano a los genitales cuando lo veían, bajaban la cabeza y daban vuelta para volver sobre sus pasos. Preferían llegar tarde y perder el premio, tener media falta, mojarse, a compartir el colectivo con Beto.

Así esos años decisivos se fueron haciendo casi con extraños. Sin amigos, sin amigos de amigos que lo gambeteaban con elegancia y eficiencia.

Sin cumpleaños, que todos fingían no hacer para convocarse en secreto, sin bautismos ni festejos.

Hasta Beto mismo lo creyó una vez, cuando recibió su medalla de quinto año, cuando bajó del tablado que hacía de escenario y se desplomó entero, mandando al rector y los cinco profesores que entregaban las medallas al hospital.

Tenía que huir.

No había salida.

No había trabajo que le durase, ni novias, ni besos, ni tribunas, ni Scalectrix, ni revistas prestadas.

Hasta que encontró este trabajo que lo tenía todo el día en movimiento. Es extraño, era un trabajo de andar todo el día, de no parar, pero para Beto era como estar quieto. No tener que parar para no sufrir. Como un descanso.

El poco contacto con la gente lo fue curtiendo, haciendo más y más áspero, mientras agigantaba su leyenda que cobraba más y más víctimas cada día.

Era común que en Bar, en las reuniones, en la feria, en el colegio, sus vecinos hablaran de Tempestad, Elio Piedra, Meleno, Caño Castacha, Robert Mitchum y Toto (por Beto), como los paladines de la mufa.

Beto era un mufa maduro. Recibido. Comprobado.

Cada vez más lejos de sus cosas, de sus afectos, Beto llevaba y traía las latas con las películas que iban a ver los mismos que nunca se sentarían a su lado y sus hijos, que ya conocían sus virtudes y los alcances fulminantes de su mirada.

Se fue haciendo un lugar Beto, en el mundo de las películas. Además de llevarlas y traerlas escribía bien, y como se veía todo y le gustaba mucho el cine (actividad solitaria como pocas) empezó a escribir críticas que se publicaban, primero en el diario del barrio y ahora en un diario grande y en una revista.

Firmaba Bob Badlac, como una ironía fina. Como un golpe al vacío y a la vez a la cara de todos esos idiotas.

Esa insoportable tarde del 23 de Diciembre, mientras todo el mundo estaba caliente, con bolsas miles de bolsas rompiéndoles las manos, regalos de talles ajustados que seguro habría que cambiar y adornos frágiles para el árbol, Beto paró en un Bar de la avenida Rivadavia para tomar algo fresco.

Tenía tiempo entre funciones, todo muy calculado, como para una Seven Up con hielo y limón, una hojeada al diario que siempre estaba arriba de la mesa y salir de nuevo.

Le gustaba ese bar, como tantos otros, anónimos para él. En los que era uno más, un cliente como cualquier otro, y en el que nadie recurría a tocarse los huevos o las tetas al verlo entrar.

Graciana entró al bar desparramando las sillas. Entrada fuerte, pensó Beto, para alguien tan frágil.

Se sentó rápido, como para apagar el ruido que habían hecho las sillas al caer, se arregló el pelo y levantó el mentón como pidiendo que ya mismo la vengan a atender.

Beto se extrañó, frunció el ceño y miró para todos lados con una sonrisa. Graciana se había sentado en su mesa y ni se había dado cuenta.

Tosió, como para llamar la atención y vio como la cabeza de ella se movía rápido, buscando el sonido. “Perdón, no me di cuenta que había alguien...”

Era tan decidida, tan determinada en sus movimientos y en sus palabras que nunca titubeaban, que Beto no se había dado cuenta que Graciana era ciega hasta que ella no lo miró sin mirar, sonriéndole a la foto de las ballenas que estaba detrás de Beto.

“No, está todo bien, quedáte, yo ya termino. Pago y me voy. Pero no usás bastón ni nada...?”

“No, disculpáme a mi. Me acabo de pelear con un colectivero y venía nerviosa. Terminá tranquilo, yo pido algo fresco y sigo viaje. Seguí con lo que hacías, espero no distraerte”

“Paré también a tomar algo fresco. Qué te pido?”

“Seven Up con hielo y limón”

“Vivís por acá?”

“No, en realidad vivo en la provincia, en Tandil, vine para visitar a mis jefes y me vuelvo hoy mismo, no soporto esto. Vos? Qué hacías cuando te interrumpí?”

“Trabajo llevando y trayendo películas a los cines, pero ahora leía el diario”

“Qué diario leías? Si es La Nación, me leerías la crítica de cine? Me gustan las que escribe Bob Badlac. La forma que tiene de contarlas hace que los que no podemos disfrutarlas al menos, entendamos de qué van, como saborear el libro”

Graciana trabajaba en una editorial. Era correctora. Era la encargada del incipiente catálogo de audiolibros que estaban lanzando.

Estuvieron tres horas hablando.

Pasó el calor.

Beto no llegó a llevar la película a tiempo.

Igual era una de esas iraníes que nadie entiende.

A la hora le dijo que él era Badlac y ella le creyó enseguida.

Lo puso a prueba con algunas preguntas, claro, pero le creyó.

Y a las 7 de la tarde, ya con la ciudad un poco más calmada y las mismas ganas de no estar solos, se fueron de la mano, ayudándose.

Se tomaron el colectivo y al subir el chofer les dijo que pasen sin pagar, que se había roto la máquina.

Se bajaron y Beto llamó al cine para disculparse, pero lo atajaron diciéndole “Beto, menos mal que no viniste, esto es un quilombo, cuando estaba por hacer ingresar a la gente, se prendió fuego todo. Te salvaste”

La cara de Beto brilló con una sonrisa como no había tenido desde primer grado.

Sentía algo adentro que le hacía explotar el corazón.

Colgó, y el teléfono le devolvió las monedas.


Diciembre 2009

Beto y Graciana

jueves 26 de noviembre de 2009

En el mismo lodo...

“…demasiado ocupados por las palabras, para poner a salvo de ellas las cosas. Demasiado preocupados en sus pesadas corazas, como para poder entender a aquél, que lo deja todo para poder ser él. Demasiado preocupados en palpar con los cuernos, y en mandar cristmas de navidad, y en prepararse un hermoso entierro…” JM Serrat, de Tordos y caracoles


Martes, 0715
Axel no durmió bien y el cuerpo le pesaba y se lo recordaba. Se había levantado y salió a lavarse la cara, pero los pasos no eran como los de todos los días. Era como si el jean, si las zapatillas, pesaran más que nunca.
Sonaba una radio y el locutor de Magdalena decía que a sensación térmica a esa hora de 28 grados y que toda la noche había sido igual.
Con razón, pensaba Axel, ahí adentro debe hacer por lo menos diez grados más.
La casilla de Axel estaba en el medio del pasillo, y eso es un calvario extra en el verano. No corre el aire. Se estanca. Como si descansara de hacer volar polleras y papeles por el aire justo ahí, en el pasillo en el que Axel tenía su casilla.
Pero el problema era otro, todos lo sabían, el verdadero problema es la humedad. Cuando en Buenos Aires hace más de 25 grados, en la 31 todo se condensa. Todo es como si transpirara. Los muebles, la calle, la ropa, todo.
Axel tiene 23 años y es el papá de Laurita, de 6.
Laurita no durmió en toda la noche. Tiene tos. Una tos de mierda que no para, que no lo deja dormir, que no lo deja pensar y que le demanda un jarabe, algo que la pare o la cure.
Y viven solos ellos dos, Axel y Laurita, y entonces cuando viene la tos, cuando viene una fiebre un resfrío, las cosas se ponen complicadas, porque la mamá d Axel, que tiene otros hijos más chicos que él, no puede con todos, y por que Axel tampoco puede.
La Sonia se volvió al Chaco.
Hace cuatro años, cuando Laurita tenía dos, una mañana cuando se levantaron ya no estaban sus cosas.
Pero Axel no fue para allá, supone que está en el Chaco, o le contaron. Pero a esta altura ya no le importa.
Todo está mojado esa mañana de Noviembre.
Todo está untuoso.
Y Laurita no para de toser y Axel sabe que tiene que comprar un jarabe.
Se prepara mate, tiene pan y unas galletitas también.. El locutor de magdalena dice que hoy va a estar todo cortado, que acusan a un ministro por un tema de corrupción y que el dólar está estable.
Trata de no hacer ruido para que Laurita duerma un poco más, supone que con lo que tosió no debe haber pegado un ojo en toda la noche.
Es linda Laurita. Muy linda. Y va al colegio. Pero no paró de toser.
0730
Es un Sharper Image, el despertador de Sandra es un Sharper Image que compró el año pasado en Nueva York. Tiene los números grandes, que se proyectan muy nítidos sobre un fondo azul eléctrico.
Sandra lo pone a las 0730 todos los días, pero en realidad son las 0710, son 20 minutos que le gana todos los días a su modorra, en los que debate si ese será el día de mandarlos a todos a la mierda, de dejar la oficina para no volver.
Y se van rápido, los 20 minutos pasan rápido y Sandra tiene que saltar de la cama para no llegar tarde, cosas que su jefe detesta y para ella es un problema mayor.
Durmió tapada, el aire acondicionado la mata de noche entonces lo prende en modo sleep y se tapa hasta la cabeza.
Además duerme en ropa interior, y cuando una pierna le asoma por debajo de la ropa de cama, se le congela y la hace despertar.
Es una rutina alegre la de Sandra, pone música (rara vez un noticiero) y deja la tele encendida pero sin volumen, le alcanza con ver los dibujitos de cómo va a estar el día.
No le lleva mucho prepararse.
Desayuna algo de fruta, cereales y té.
Alguna tostada cuando la noche anterior se acordó de pasar por el mercado de los chinos, y mermeladas, le encantan las mermeladas.
El departamento es chico y tiene un orden aparente.
Es decir, tiene su orden.. El orden de Sandra.
El mismo orden que le impone a su escritorio en la agencia de publicidad, el mismo que se le nota en la ropa, en el bolso, en la caligrafía.
Se olvida todos los días, religiosamente, sus anteojos sobre el escritorio.
Es linda Sandra, muy linda. Tiene pecas, es delgada y un cuello largo. Tiene 30 pero podría pasar por 26, por su sonrisa y por 35 por las arrugas que esas sonrisas le producen.
Nunca está triste.
Al menos nadie lo nota, y si se enoja, si se enoja prefiere borrarse y callar.
Pero se enoja poco Sandra.
Es ejecutiva de cuentas en una agencia grande y no le va nada mal.
Pero ya está harta, harta de que no la valoren como cree que debe ser valorada, harta de no saber si hizo lo correcto en su elección profesional, harta de tener que estar generando todo el tiempo actividades que no la dejen sola ni un minuto.
No quiere estar sola.
El departamento de Sandra es luminoso, es muy Sandra.
Termina el té y tira todas las cosas en la pileta de la cocina, y no hay tiempo para más.
No se pinta, termina de llenar su bolso (enorme y flúo) con cosas que va recogiendo mientras mastica la tostada y ya está lista para salir.
Al cerrar la puerta, como todos los días, tiene esa sensación de haberse olvidado la llave adentro, el iPod, las pinturas, los papeles que se imprime para leer en el viaje, el libro de Rosa Montero.
Pero tiene todo, con un golpe de vista lo scanea todo y se queda tranquila.
Se recoge el pelo cuando pasa la puerta de calle. Tiene pelo largo Sandra, largo y rubio y enrulado.
Un pelo que de noche le ilumina el rostro y de día, recogido, la hace más linda todavía.
Llega la esquina de la avenida, en Belgrano, y salta para tomar el colectivo. La agencia queda en Monserrat.
0800
En el aeropuerto de Punta del Este son pocos los Martes a la mañana. Muy pocos y todos la saludan.
Teresa viene vestida como de Sábado a la noche.
Calzas apretadas, los anteojos de sol que no se saca nunca (y mucho menos a esa hora) 6 o 7 bolsos y bolsitos, que alguien siempre lleva por ella, y su perrito en los brazos.
No hace tanto calor en Uruguay.
Todo es tranquilo allá y a Teresa le fascina. Se va los Jueves a la tarde, se queda todo el fin de semana y prepara la vuelta el Martes, para grabar los programas de toda la semana.
Habla por teléfono Toto el tiempo, desde que llegó solo paró para preguntar algo del papel de migraciones y dar un par de órdenes suaves.
Tomó un par de notas también seguro algo importante.
Y saludó a todo el mundo que la saludó, después de todo sabe que todos la doran, que su programa, el programa de Teresa, es el más visto en Uruguay desde hace años y que para ellos es una Uruguaya más, aunque ella prefiera el verano, cuando se va a Miami por tres meses.
El avión sale a horario y el comisario de a bordo ya le pidió tres veces si podía apagar el teléfono.
0845
Roberto dejó ya a los chicos en el colegio. Ya repasó mentalmente toda la agenda del día. Venía bien, sin nada raro. Solo esperaba que le confirmaran que el cantante italiano que está de gira en Buenos Aires y canta mañana en el Luna le confirme si puede llegar a las dos de la tarde para grabar con teresa, lo demás, ya estaba todo cerrado.
Los tres chicos le habían dejado el auto a la miseria, los llevó dos días seguidos al colegio y ya era un enchastre. Si no paraba a lavarlo algo no iba a poder seguir.
Paró de camino, en el Lavadero de siempre.
Pidió que lo aspiraran bien y se metió a la oficina con aire a pedirse un café y leer el Clarín mientras terminaban.
Roberto maneja el Audi A6 que le vendió Teresa hace dos años, ella ya no lo quería porque le era incómodo y no podía llevarse las valijas, así que se lo vendió barato.
0930
Sandra llegó a la oficina y el aires se cortaba con un cuchillo. Algo había pasado que los había hecho poner a todos de mal humor. Pero no sabía qué era.
Y su sonrisa, la sonrisa que calma y que contagia, tuvo que esperar a mejor momento para mostrarse por primera vez.
Ella tenía mucho laburo, pensó y si no se enganchaba en el despelote, mejor. Pero también sabía que era imposible no meterse. Tarde o temprano, todos querían contarle cosas a Sandra, y ella los escuchaba a todos, los escuchaba de tal manera, con tal dedicación, haciendo siempre las preguntas claves, resultaba difícil no pensar que a Sandra le importaba.
Más de uno creyó enamorarse.

1030
Axel dejó a Laurita, que seguía tosiendo, con su mamá., que le reprochó que todavía no le había comprado un jarabe.
Que así no puede seguir, que le va a hacer mal, que no puede ser, que a ella no le da el tiempo para todo, que tiene que ocuparse más.
Y Axel se ocupa, sufre cuando Laurita se pone mal por algo y no quiere que falte a la escuela. Pero no puede con todo, apenas puede con él.
Salió bien esa mañana, tenía un par de puntas para ganarse unos pesos, un trabajito en una obra en construcción, con los bolivianos y alguna otra cosa. Con 30, 40 pesos que hiciera ese día estaba hecho.
Pero la mañana se empezó a complicar, y las cosas que le habían dicho, como le pasaba muchas mañanas, no se cumplían o eran verdad a medias.
Esos días se deprimía mucho. Y era un problema esa depresión porque lo paralizaba.
Se acostaba pensando que al otro día tenía algo para hacer, que podía comprar lo que le hacía falta, y si se le pinchaba tenía que hacer un esfuerzo por no mamarse o tomarse algo duro, que muchas veces lo dejaba fuera de la casa por un par de noches.
Nunca quiso que Laurita lo viera mal.
Parecía que el día pintaba así, como esos.
1100
Roberto está ya en la oficina de Martínez. Mandó bajar un poco el aire acondicionado, pero no mucho, a Teresa le gusta tener un poquito de frío, dice que la mantiene joven.
Prepara las cosas para la tarde, hace repasar una y otra vez los guiones y hace algunos cambios. Las cosas van muy bien y esa semana tienen una cena con los capos del canal para renovar. Quedan un par de semanas antes que teresa se exilie y no quiere tener los sobresaltos de otros años, se quiere ir tranquilo con la familia de vacaciones sabiendo que ya está todo abrochado para la temporada que viene.
Hay ruidos en el palier y revuelo de gente. Murmullos como los que preceden a la entrada de un ministro a un salón de actos. Es teresa que llega siempre haciendo señas, las que le deja el teléfono. Tiene el cuello doblado porque se está repasando las uñas y lo sostiene entre el mentón y el hombro.
1200
Sandra tuvo ya tres reuniones. Dos afuera de la oficina. Ama esas reuniones afuera de la oficina. Se aleja de las caras de culo, de las cosas que no funcionan porque nadie se ocupa, de los reclamos, de los ninguneos, de los que se acercan para hablar con ella, de los que la invitan a salir una y otra vez. De no poder leer su correo privado sin las sensación de que la están espiando.
Sale. Le gusta la calle. Le gusta el sol. Le gusta la gente y se le nota en la cara, se va feliz a domar taxis, a hablar con quiosqueros, a hablar suave en sus reuniones, a mirar por las ventanillas.
Ese martes además estaba radiante, y parecía que nada la podía sacar de ese estado. Se reía más. Y seguía con el pelo recogido.
Hacía más una cosa a la vez, preparaba la próxima reunión, iba pensando en su cliente para saber cómo entrarle, como convencerlo de lo que necesitaba, cómo desarmarlo.
Y había otras reuniones más tediosas, a las que también tenía que ir, y en esas se las arreglaba para mandar mensajes de texto, para leer de reojo, para estar en otro lado mientras u cuerpo cumplía con la presencia.
Andaba con su bolso flúo, seguía con su pelo recogido, cada tanto separaba la cola de pelo de su cuello y se abanicaba con algo para darse fresco, pero no le importaba nada.
Mientras iba de reunión en reunión no escuchaba música. Leía mucho si, textos, libros, papeles, recortes de diarios.
Y hablaba por teléfono. Mucho.
Si estabas a su lado, nunca imaginabas con quién hablaba. Era como si tuviese una colección de códigos secretos, de lenguaje inventado, de cosas en común con cada uno que la llamaba. Entonces todas las llamadas parecían importantes, cruciales, divertidas, todas por igual.
Otra vez más, en medio de tanta cosa, se olvidó de almorzar.
1300
Nada, Axel fue ya a los tres lugares que tenía que ir y nada. Encima estaba muerto de calor y tenía hambre.
Pero nada. Caminó y caminó para ahorrarse las monedas y todo para nada.
Se sentó un rato en la plaza Roma, en el bajo, y trató de recuperar el aire.
Al lado de oficinistas que desplegaban sánguches y ensaladas y gaseosas frías, se sentó y trató de recobrar el aliento para pensar qué iba a hacer, a quién podía llamar. Sabía que no podía volver sin algún jarabe para Laurita.
1335
Teresa escucha a Roberto. Le aburre escuchar a Roberto con sus detalles, pero hay mucha gente alrededor y Roberto le dijo una vez que si ella ponía caras cuando el hablaba en la ronda final de producción, la gente después no le daba bola, y eso, además de joderle mucho, conspiraba contra la negativa de la diva de grabar más allá del Jueves a la mañana.
Y repasan los invitados, los cambios de vestuario, los humoristas, las conexiones vía satélite que tendrán, los regalos que entregará y sus chistes.
Todo está planeado en el programa de la diva, hasta sus famosas distracciones y peligrosas maniobras con su escote, que ponen en riesgo permanente el anonimato de sus pechos.
En el programa de mañana tiene que salir si o si el pozo vacante de la batalla naval, ya nos dijeron hoy que no puede acumular más. Después vemos si no adivinan al tercer llamado qué hacemos, estamos buscando una salida con ellos. Lo está manejando todo el Doctor Bleáustegui.
1415
Axel se dormitó al sol. Está rojo, le pica la espalda por acostarse en cuero en ese pasto lleno de bichitos. Se va a la YPF de Córdoba para lavarse y ver si puede ligarse algo para comer. Los mates de la mañana ya se digirieron y la panza le hace ruido.
En la estación de servicio se lava, se mira al espejo y se frota bien los ojos. No le queda mucho más tiempo para ver si algo sale. Se junta en el costado del playón con unos motoqueros que le convidan cerveza y se olvida un poco del calor y de lo pegajoso que está todo.
Uno de los motoqueros le presta un teléfono y llama a la madre, para ver cómo está Laurita.
Se aleja un poco, no puede oír bien lo que le dice la madre del otro lado, el celular que tiene es muy viejo y se corta cuando se mueve la tapa y justo enganchó la llamada cuando pasa una manifestación de Barrios de Pié rumbo al ministerio de trabajo, mucho bombo y petardos.
Laurita sigue tosiendo dice la madre, traé algo por favor si no esta noche va a ser un infierno. Y está muy tiradita.
1455
Teresa se aburre del todo. No dejó de hablar por teléfono, bajito, mientras Roberto daba instrucciones. Quedan pocas horas para empezar y todos empiezan a cambiar el ritmo.
Ella no, claro.
Lo mira a Roberto, le sonríe (y Roberto la odia por eso) y se va sin decir nada.
La espera el auto afuera, muy oscuro, helado adentro. Se lleva un yogurt y agua. No tiene necesidad de decirle al chofer adónde tiene que llevarla. A las 1500, siempre, la esperan en un hotel del centro para masajes, ducha escocesa, siesta y peluquería.
1530
Sandra vuelve a la oficina y cuando llega le avisan que Mariano preguntó tres veces por ella. Qué raro, pensó, no me llamó y estuve con el teléfono en la mano todo el día.
Mariano es su jefe y Sandra no lo quiere nada. Lo entiende. Cree que lo entiende.
Sabe de las presiones que el tiene, sabe de sus limitaciones, sabe de por qué y cómo lo eligieron para ese puesto. Lo soporta. Pero lo soporta menos cuando no la trata bien. Y menos aún cuando lo hace adelante del resto.
Pero es habitual en Mariano, uno, dos, tres días a la semana al menos, trata mal al grupo, o a uno de ellos.
Y grita, y dice cosas de las cuales después se arrepiente.
Tarde, en el caso de Sandra, que cada vez lo soporta menos.
Tiene con Mariano discusiones por mail. Por teléfono. En persona. Siempre por los mismos temas.
Ella sabe tanto como él, y en algunas cuestiones bastante más que él. Pero lo eligieron a él y no a ella para manejar al grupo, y eso establece un marco nuevo para las cosas, un umbral distinto.
Pero no lo habilita a no tratarla como a una mujer. No es su amiga, aunque a veces, cuando la conversación sube mucho el tono, él trata de calmarla hablándole en forma tierna, poniéndose en su lugar, dándole consejos. Y ella los acepta.
“Sandra, no te dije que no llames vos a la empresa?, hablo al pedo yo? Nadie me da bola acá? SI te digo que no hables es porque hay un montón de cosas que no sabés y que pueden preguntarte. Y que no te voy a contar nunca por que no necesitás saberlas...”
“Sandra, no entendés nada. Quién te dijo que hagas esto así...?”
Sandra no contesta. Ni lo mira. Mientras Mariano habla fuerte para que todos escuchen, ella busca papeles y mira sin mirar.
Cuando termina, cuando Mariano encara para su oficina que queda dos pisos más arriba, agarra cosas de su escritorio y sale sin apagar la máquina. Quizá vuelva más tarde, a la noche.
Deja sus anteojos.
1605
Axel ya no espera. Cuando necesita plata y no tiene cómo ganársela, cuando no la puede pedir a nadie, roba. Arrebata.
No tiene armas y nunca quiso salir de caño.
Piensa mucho en Laurita y por eso siempre frena antes.
Pero tomó cerveza, se dio coraje y salió enérgico a buscar la calle.
En Buenos Aires hay cientos de maneras de ganarse unos pesos en los límites del sistema. Cientos de artilugios, engaños, pequeñas mentira, nada violentas y muy efectivas.
Casi siempre hay que compartir algo con la yuta, pero eso está contemplado en la ganancia que se obtiene. Y hay socios a montones.
Encara caminando por Corrientes rumbo al Once. Por ahí siempre hay algo para hacer.
En la esquina de Lavalle ve una bicicleta de un repartidor que está atada a un caño, pero no la ve demasiado segura. Le pasa por al lado. La estudia. La observa una y otra vez. Analiza y calcula movimientos y conveniencia de hacerlo antes, durante o después del corte del semáforo.
Le pasa ahora más cerca. Tanto, que la tira y cuando la alza, con cara de preocupado por lo que hizo, la desengancha de un tiro exacto. Preciso. Quirúrgico.
Ya está. Está montado en una bicicleta con cambios.
Nadie le gritó. Ni se dieron cuenta.
De todas maneras le dio a los pedales con fuerza, dobló y dobló tantas veces como le fue posible. Hasta que empezó a disfrutar del vientito que le pegaba en la cara. Se desabrochó la camisa y pensó, al menos por esta 100 saco.
1645
Sandra salió caminando y pasó de largo la parada del taxi. Necesitaba llorar.
Y lloraba siempre sola. Desde que dejó de vivir con Sebastián, hace dos años ya, lloraba siempre sola.
Tan sola lloraba, que sus amigos estaban convencidos que no lloraba nunca. Que simplemente no sabía cómo hacerlo.
Y caminó rápido, tan rápido como le dieron las piernas y el bolso que le pesaba de tantas cosas que tenía adentro. De tantas lecturas.
Se calzó el iPod y puso U2 muy fuerte.
Ya se sentía mejor.
Cuando había caminado unas 12 cuadras se quedó clavada en una vidriera. Se miró en el reflejo y cuando se vio linda, miró a través del cristal.
Se compró zapatos. Unos hermosos zapatos color rosa.
Pagó y aunque era temprano para sus horarios se encaminó al gimnasio.
Estaba flaquísima, pero no era eso. El gimnasio la calmaba, le hacía sacar toda la bronca en forma de gotitas saladas.
Sacó el teléfono y empezó a revisar las llamadas, los mensajes, y a contestar todo, uno a uno.
1700
Teresa llega al canal. Hoy la esperaban pocos fans. No eran más de 20.
Teresa habla un rato con los movileros de un programa de chimentos de la tarde. Hay uno de ellos que tiene el pelo teñido de naranja. Les sigue el juego, hace muchos años que sabe cómo se juegan esos juegos. Cuando termina les tira un beso a todos y le abren la puerta del canal.
Qué boludos son...!! dice siguiendo la conversación telefónica.
1733
Sandra sigue hablando. A las 1730 empezaba una clase de spinning. Pero Sandra rara vez llega a tiempo a sus reuniones.
De todas maneras, nadie nunca se lo hecha en cara. Simplemente es difícil enojarse con Sandra.
1736
Axel anda a los piques por Córdoba. Sigue el tráfico y pedalea rápido. No pudo vender la bici en los dos lugares que pensaba hacerlo. Tiene que hacer algo rápido y no sabe qué.
1742
Roberto está en su oficina del canal. Hay mucha gente que va y viene. Apurados, con papeles y carpetas, con teléfonos que suenan, con botellitas de agua y flores por todos lados. La oficina de Roberto es muy grande, pero cuando están a punto de empezar una de esas maratones de grabación, parece uno de esos cubículos incómodos de las oficinas modernas.
Roberto tiene la vista clavada en su teléfono. Es como si todos estuvieran en 45 rpm y Roberto cantara en 33 rpm. Los pensamientos fluyen lentos, a juzgar por sus ojos.
1748
Sandra está en la esquina del gimnasio pero no deja de hablar desde hace por lo menos 20 minutos.
Es Nahuel.
Nahuel es amigo que comenzó no siendo.
Nahuel es una presencia constante en los últimos años de Sandra. Más grande que ella, recurrió a Nahuel y Nahuel recurrió a ella como dos enamorados sin serlo.
Se cobijaron.
Se secaron lágrimas.
Se acompañaron.
Se dieron ánimo.
Se mimaron.
Se rieron juntos.
Soñaron más de una vez el uno con el otro.
Se besaron menos de los que quisieron.
Se celaron.
Se hicieron regalos oportunos.
Se enojaron y separaron más de una vez.
Y se hablaban como si fuesen los últimos minutos de comunicación en el mundo.
Y Sandra se colgaba cuando hablaban. No sabía cómo cortarle. Le contó todo lo que le pasó, otra vez, con Mariano.
1749
Axel dobla en una esquina arrastrado por una maniobra brusca y sorpresiva de un taxi. Lo putea fuerte, lo único que falta es que me mande al hospital, piensa. Y grita, hijo de puta, hijo de puta , fuerte y claro.
El tachero se baja para pelear. Es un gordo de bermudas y camisa abierta al que le cuelga demasiada carne y tiene tetas grandes.
Se debe haber asustado de la cara de Axel, porque ni bien lo vio tirar la bicicleta para írsele encima, se metió de un salto al taxi y lo sacó arando.
La mirada de Axel estaba perdida y el corazón le iba a mil por hora. Pero el gordo no lo sabía, solo vio la furia de sus ojos.
1752
Teresa escucha un poco de música en su camarín. Algo de Montaner. Ya no están ni la maquilladora ni el vestuarista ni las chicas que le alcanzan las cosas. Está ella y su primer minuto desconectada del día.
Entra Roberto y en esos minutos tiene que contarle, como pasa siempre, todo otra vez. Todo desde el comienzo.
1754
Sandra se ríe y le dice a Nahuel que después sigue, que tiene que entrar al gimnasio, que está cansada pero necesita entrar y cansarse más, que va a ir a comer con amigas después del gimnasio.
1755
Axel sube a la bicicleta y empieza a pedalear. No tiene idea en qué calle está y tampoco lo que va a hacer para comprar el jarabe. Si ve una farmacia entra a pedirlo, a implorarlo.
La ve a Sandra cruzando la calle.
No sabe adónde va, ni de dónde viene, ni con quién está hablando. No sabe siquiera que se llama Sandra.
Pero viene hablando demasiado ensimismada en la conversación.
Acelera el ritmo de pedaleo. Si no falla los cálculos le va a sacar el teléfono sin que Sandra lo note.
1756
Sandra escucha que Nahuel le cuenta que esa noche él también cena con amigos, que están organizando una reunión grande y...deja de escucharla.
1757
Axel le arrebato el teléfono como un maestro, y en tres pedaleadas largas, ya dejó de escucharla.
Ni se dio vuelta, no sabe que Sandra tampoco lo hace cuando se despide.
1759
Sandra llega a la puerta del gimnasio y se va directo al locker.
No va a hacer la denuncia hasta que termine la clave. No quiere perderse la clase que viene. Es el teléfono de la empresa.
Que se caguen.
1806
Axel pedalea de vuelta por Corrientes. Va a la galería en la que vende los celulares cada vez que tiene la necesidad de robarse uno.
Está bueno este que tiene, lo mira de arriba abajo mientras pedalea. Muy de mina, pero está bueno, tiene todos los chiches, piensa. Para qué tanta cosa! Si es para hablar por teléfono.
Le embola que sea tan lindo el aparato. Se lo quedaría si tuviera con qué pagarlo. Le jode que sea lo que sea que le lleve al gordo de la galería que le compra los celulares a los rateros, siempre le va a pagar 50 pesos. Ni uno más ni uno menos, por más que le lleves el que salió ayer. Es la tarifa.
Llega a la galería y deja la bicicleta con unos chicos en la puerta. Ya no le importa tanto.
Cuando llega al local, cuando el gordo lo ve y lo hace pasar a su oficina, saca el teléfono y cuando lo estira para entregarlo empieza a sonar una canción de Ricky Martin.
Se sorprende Axel que mira el aparato que vibra y suena como si fuera una radio. El volumen alto pero con un sonido bárbaro.
No flaco. No lo limpiaste. Andá, lleválo y traéme otro, este no lo puedo tomar así. Si no lo denunció, si todavía está activo me lo pueden rastrear al toque. Es una lástima porque está muy bueno, pero es un peligro.
De dónde lo sacaste? Tendrías que haberle sacado la tarjetita de atrás.
Seguía sonando Ricky Martin y Axel no escuchaba nada, ni la música, ni al gordo, ni a uno de los empleados que lo llamaba al gordo, ni nada.
Estaba aturdido. Se empezaba a hacer de noche y todavía no había conseguido ni 10 pesos.
Salió de la galería buscando otro candidato. Tenía todavía una hora.
Sonó otra vez.
Lo sacó del bolsillo y lo miraba fijo. Lo iba a tirar a la basura en la esquina.
Cuando se lo estaba guardando sin querer tocó algo. Un botón de los tantos que tenía en la tapa, en los costados, abajo, arriba, por todos lados.
“Hola, hola, hoooooolaaaa. Estás ahí? Me oís? Podés escucharme?”
“Dale flaca que no te puedo volver a llamar, ya empiezo, atendéme”
Se arrimó el auricular a la oreja.
Hizo un ruido, como un gemido.
“OK, no podés hablar. Pero tomá nota. Va a sonar a eso de las ocho y cuarto. Más o menos. Tenés que decir A8, entendiste, A8 y nada más. Con eso está todo. De vuelta, A8 y termina todo”
Cortó.
No entendió nada.
En qué andaría la rubia, pensó.
1817
Sandra ya había transpirado toda la bronca del día y su cuerpo empezaba a producirle esa sensación que tanto placer le causaba. Algo así como que se le alejaba de la cabeza, la liberaba. No era solo una cuestión de toxinas. Era mucho más que eso.
Seguía subiendo y bajando un aparato, había música muy alta y todo el mundo estaba concentrado en sus movimientos, en la imagen que devolvían los espejos, en cuidar que sus botellitas de aguas con sales y sabores no caigan de las máquinas.
Y Sandra, además, aprovechaba para sacarse a Mariano de la cabeza.
Ya no pensaba en nada, ni en la oficina, ni en su bolso repleto de lecturas culposas, ni en Mariano, ni en el jefe de Mariano que también era su jefe pero estaba muy lejos ahora, ni en los anteojos que otra vez se había dejado en el escritorio ni en el lugar al que iba a ir a cenar en un rato. Nada.
Tampoco en Nahuel.
1859
Axel está a punto de darse por vencido.. Está refrescando un poco, muy poco, y se abrocha la camisa hasta arriba.
Camina por Santa Fé ahora y se siente más extraño que nunca en esa avenida en la que todos lo miran mal. Todos.
Cuando llega a Cerrito escucha que lo llaman. Es el Tano.
Se le dibuja una sonrisa enorme. Hace mucho que no lo ve al tanto y la sonrisa es blaquísima. Una sonrisa que es un cuerpo extraño en una cara curtida, muy manchada por el hollín, por la transpiración de la ciudad. Y que a fuerza de contraste parece salida de otra cara. De la cara de un Suizo quizá.
El Tano Dimunno. Flaco, muy flaco y compañero de primer grado de Axel Ezpeleta. Vivieron cerca uno del otro hasta que el papá del Tano consiguió un trabajo en la Volkswagen de Avellaneda y se fue a vivir por allá y nunca más se vieron.
Ahora el abrazo en medio de la avenida era interminable. Se contaba en años sin verse. En cosas que no se dijeron.
Se lo veía bien al tano. Parecía que estaba bien.
Comiste? Vamos a clavarnos una cerveza y una pizza en Retiro. Vení que tenés mucho que contarme.
1943
Roberto ultima detalles. Hay dos o tres cosas que cambiar a último momento. No es nuevo eso, alguien que no viene, alguien que se carajea con Teresa, alguien que quiere colarse. Lo de siempre.
Llega un ramo de rosas enorme para Teresa. Es de la empresa que auspicia el juego de la batalla naval.
Llegan las flores para Teresa y un sobre a nombre de Roberto. Tienen una esquelita adentro, del hijo del dueño de la empresa.
“Roberto, espero que todo se haya arreglado. Tiene que ser hoy, a más tardar la semana que viene. Estamos al tope de lo que podemos bancar y se complica si no se hace rápido. Mi viejo está delicado y esto lo remata. Seguimos con lo que hablamos en pié y me cayó muy bien la flaca. Qué buena está. La conociste o solo por teléfono? Les voy a pedir a los de la agencia que me la manden siempre a ella. Entiende todo. Jota”
1956
En el trayecto hasta Retiro le contó casi todo. Tampoco había tanto. Y se le escapó una lágrima cuando le mostró al foto de laurita. Le daba pudor decirle en lo que había pasado todo el día.
Pero con el Tano no había problema.
El Tano es como yo. Le fue mejor porque tuvo otras oportunidades. Para empezar, terminó el primario. Le gusta la joda como me gusta a mi, pero cuando hay que parar, para.
Cuando llegó la grande de muzzarella, y la segunda cerveza, el tano ya le había pasado 100 pesos para el jarabe y Axel lo agarró y lo apretó contra el bolsillo, para que no se le escape.
2001
Teresa saluda como siempre a toda América que la sigue y va al piano, desde donde, como siempre, acompaña cantando alguna canción melódica especialmente arreglada para ella. Con el maestro de siempre.
2008
Sandra ya está bañada y decide pasar por la casa antes de ir a buscar a las chicas. Quiere dejar el bolso. Ya es hora de dejarlo un poco, de liberar su hombro. Quiere cambiarse de ropa. Ponerse linda. Más linda.
Así, con un jogging finito negro, una remera que le marca los pechos diminutos, y el pelo atado, está linda como cuando se arregla. Pero distinta. Extenuada y feliz.
2011
El Tano se levanta al baño y hace una broma sobre lo rápido que hay que ir a mear cuando se toma cerveza. Es un buen tipo el tano. No tenía ninguna necesidad de invitarme a comer y mucho menos darme la guita para el remedio de Laurita, piensa Axel.
Se toma la cerveza despacio, con la vista clavada en la ventana los andenes y en la gente que anda en los andenes.
Son como cuerpos con caras borrosas, como si fueran marionetas disfrazadas de oficinistas, de laburantes, pero sin rostros. No se ven los rostros. No sabe Axel si están felices o tristes. Si hay otras Lauritas sufriendo por al tos. Si hay otros padres que sufren por Lauritas.
No presta atención. El Tano tarda, dos, tres minutos.
Mira para arriba atraído por la música que viene de la tele colgada en el bar.
Vienen de la tanda y es el programa que mira su mamá. Lo debe estar mirando ahora, piensa.
Teresa de América es el programa y Teresa es la conductora.
Gorda de mierda. Piensa Axel. Está cagada en guita esa.
2016
Teresa va a su escritorio después de despedir a su invitado. Un cantante de boleros Mexicano que viene a la Argentina cada cuatro años, cada vez que su cuenta bancaria se lo pide.
“Ahora nos vamos al juego que todos estaban esperando hoy. Qué nervios tengo. Esto se tiene que ir hoy, no es cierto Robert? Hoy hacemos un millonario más. Qué lindo que es este juego!! Ustedes jugaban de chicos? Les pregunta a su equipo. Yo me mataba con mi hermana allá en Ramallo. Había tan poco que hacer…”
“Pero bueno, nada de melancolías que hoy hay un nuevo millonario. Ojalá se lo gane alguien que lo necesite. Ojalá. Vamos señor director a la pileta con todos los cupones. Qué nervios! Allá están, hola chicos, naden un poco en los cupones. Cuántos hay? Uno, dos millones de papelitos? Se puede nadar ahí! Escribana, cómo lo ve? Todo en orden?”
Ahora saquen uno, vamos! Y que sea el de alguien que lo necesita. Y que esté mirando el programa, claro”
“Ahí vienen. Ya lo tienen. Escribana mírelo. Todo en orden?”
“Yo marco. Es el quince cinco, ta ta ta, ta ta tá, ta ta tá…”
“Nada…no suena. No, no, pará, ahí se escucha…”
2017
Suena fuerte Ricky Martin, y vibra la camisa de Axel.

viernes 20 de noviembre de 2009

Big Bang

Nico es blancura, es otoño, remolino.
Grisel de tan olfato, es una nariz grande.
Nico está volviendo.
Grisel ensaya pasos nuevos.
Nico analiza sueños.
Grisel los sueña.
Nico curiosea.
Grisel explora.
Nico madruga mucho.
Grisel trasnocha.
Nico ríe.
Grisel explota.
Nico cuenta cosas.
Grisel reprocha años.
Nico pide.
Grisel cobija.
Como en todas las historias de amor, la de ellos empezó con un destello. Una explosión de nanosensaciones que repartió partículas cargadas de pasión, curiosidad y deseo.
Ese segundo privado, irrepetible, que puede venir en forma de miradas que se cruzan en el patio del colegio, de hombros al aire y rulos dorados al viento fresco de una noche en Mar del Plata, de sentarse juntos en la biblioteca del barrio, ese segundo será para siempre el iniciador de todo.
Volvieron a él una y otra vez, cuando se sintieron solos, cuando necesitaron un refuerzo a sus desconfianzas, o simplemente cuando al cerrar los ojos, necesitaron comprobar que ese amor estaba ahí.
Pero ahora las preguntas eran otras.
¿Cuándo es suficiente? Se preguntan.
¿Cuántos mensajes sin respuesta? ¿Cuántas cartas? ¿Cuántas veces de pedir señales serán necesarias para cerrar la puerta? Para archivar la historia.
No mencionan la palabra olvido.
Saben que no va a funcionar.
¿Pero será equivalente el Big Bang del final?
Necesitan un golpe. Algo que los borre. Algo que los saque como a una muela de sus horas ocupadas.
Se juran no invasiones y siempre vuelve el mismo. Ataca. Con golpes bajos por lo general. Despertando compasiones con heroísmos nuevos.
Van por un pasillo largo buscando salidas, está oscuro a veces, pero van en silencio, tanteando y tanteándose de a ratos para no olvidarse de los sabores.
Se jura tantas veces no ceder!
Y cuando una tarde se enfrenta con algo importante, con algo que lo conmueve, no soporta no compartirlo. Es la única persona que falta en la foto. Aunque parece que están todos.
Y se lo reprocha.
Se reprocha por qué no puede terminar y ya.
Dejar de llamar.
No preguntar más.
No recordar su cumpleaños.
Su música.
Sus lecturas.
Volver a su camino.
Nico y Grisel caminan ahora por Plaza San Martín. Llevan un iPod y dos auriculares. Escuchan a María Bethania y tienen la sensación que esos minutos que se les vuelan cada vez, son únicos, incomparables, efímeros.
No tienen respuestas para estas preguntas nuevas.
Son muy jóvenes todavía y el corazón es el músculo más elástico que tienen.





domingo 8 de noviembre de 2009

Presentes




Se abren todos los regalos, claro.
Se abren los regalos que son cantados, aquéllos que nos sabemos largamente que llegarán, como llegan los cumpleaños y las navidades.
Se abren los regalos que hacen fulanos y menganos, cercanos y lejanos, sinceros, repentinos y protocolares.
Los regalos de un viaje se abren y se evoca el momento de la compra y es necesario describir los paisajes y los horarios exactos.
Los regalos de los novios se abren y dan paso a una rutina que durará lo que dure el amor.
En este último caso, los primeros regalos (digamos los primeros 12) servirán para ajustar todo el proceso. Al cabo de esos 12 uno sabrá, de manera inapelable, si sus regalos serán valorados o si por el contrario, nunca serán comprendidos.
Que romper el papel, que escribir la tarjeta, que envolver en tela, como los japoneses, que moño, cinta o bolsa.
Están también aquellos regalos a los que nunca hay que mirarle los dientes.
Una canción es un regalo? Un poema es un regalo? La luna es un regalo? Un amanecer?
Se puede regalar la luna? O es un simple muy simple rebusque de almas sensibles cuando no tienen regalos de verdad para hacer?
George Bailey, el de “Qué bello es vivir” le baja la luna con un lazo al amor de su vida, y se la regala.
Lara regala sonrisas.
Pero hay quien solo regala libros. A lo sumo música, y está convencido de que es lo mejor que se le puede regalar a una persona que se quiere.
Está el que nunca compra un regalo, delega la responsabilidad y cuando el homenajeado lo agradece inclina la cabeza, fingiendo que sabía lo que había en la bolsa. Satisfecho.
Prefiero regalar a que me regalen.
Todo el tema me moviliza. Pensar en el otro, imaginar qué libro le gustará y convencerme que lo va a leer. Regalar el último que me hizo vibrar pensando que le producirá el mismo placer.
Y si tengo que ir por otros regalos, más todavía, el desafío es doble, hay que buscar algo adecuado, nada de remeras con estampados perdurables.
Un juguete viejo, una lámina.
Una vez busqué hasta el agotamiento una condecoración de Rosas, para regalarle a Carlitos, fanático del restaurador.
Otra una locomotora que hecha humo, para un cuarentón recién llegado. O los Sea Monkeys en paquete original sin abrir.
Nadie sabe bien qué regalarme.
Escucho los lamentos de todos. Piensan que tengo todo lo que me gusta.
No puedo contra eso.
Me gustan los regalos múltiples, esos que se van comprando o consiguiendo unas semanas antes del acontecimiento.
Y como los de los viajes, se van haciendo de pequeñas cositas que se van juntando.
Una bolsa, un libro usado con su dedicatoria intacta y todavía legible, unos chocolates para acompañar, postales, música grabada pensando en mi, un programa de una obra de teatro, una foto autografiada, miniaturas de personajes de historieta, un auto para la Scalectrix, varias fotos viejas y una vaga sensación de antigua felicidad adolescente…(oops!)
Es que cuando uno recibe regalos es siempre un chico curioso.
Aunque sean corbatas o gemelos, a quién no se le aceleran los latidos como cuando era un chico cuando está abriendo un regalo?
Si, los regalos son maravillosos.
Pero no es todo tan fantástico ni lineal ni explícito con los regalos.
Hay algunos regalos que no abrimos en presencia de quienes nos los dan.
El momento de la entrega es burocrático. Como espías de la CIA se pasan paquetes sellados, bolsas sin transparencias que impiden ver los contenidos y en seguida se cambia de tema. Se vuelve al clima o a los piquetes.
Y no se hacen más referencias al tema. “Te lo traje…” o “ Me acordé, acá está…” suelen ser fórmulas suficientes.
Cuando es uno el que exige que el regalo no se abra en su presencia, será por temor al fracaso? Porque no quiere demostrar lo que siente en ese momento? Será vergüenza, pudor, emoción incontrolable?
Será que uno quiere que todo sea perfecto y no admite que la reacción que provocará no sea todo lo perfecta que debería ser para cerrar la historia?
O será que un regalo especial, para alguien especial, lo deja a uno desnudo de alma. Así solito e indefenso delante del destinatario de todas esas horas invertidas en búsquedas y suposiciones?
Si me pasa, si me piden que no lo abra, no puedo dejar de mirar el paquete. Si estoy en presencia del regalador no puedo concentrarme en la conversación, desvío la mirada, trato de adivinar el peso, la textura, y en cualquier descuido seguro meto la mano tratando de no ser visto.
Y soy capaz de abrirlo a escondidas en el baño de un bar, en un garage o detrás de un árbol tratando de que todo vuelva a su lugar y nadie se de cuenta.
Todo era claro para mi con los regalos.
Si, los regalos son maravillosos, lo explican a uno, lo completan, lo adivinan.
Tanto, que a veces uno queda desnudo, y es necesario esconderse, guarecerse debajo de un techo, por si llega la lluvia.


Adrogué
Noviembre de 2009